Ser como el Bosque, como el Agua

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#LaMarchaporelagua ha llegado a la ciudad capital. Para variar, imagino a un Bosque en movimiento, un bosque que camina y grita y se adentra entre el asfalto y el concreto, que decidió hacerse de pasos, y voz, para exigir justicia y demostrar que la dignidad de su mayor tesoro, el agua, se defiende. El Bosque y el Agua son símbolos de una identidad que sobrepasa las divisiones étnicas y sociales que nos separan, y que están implícitos en nuestros nombres y en nuestras conciencias, en nuestra diversidad. Y no me refiero a símbolos de la pedantería nacionalista y vacía. Por símbolos pienso en esos elementos cargados de significados auténticos, compartidos y que otorgan sentido a nuestras batallas, a lo que hemos sido, somos y podemos ser. Son redes. Agua y Bosque han jugado un rol importante en nuestra conciencia cultural, aunque individual y colectivamente esa conciencia choque con la contradicción y el reto de la coherencia. Sin embargo, si bien es un hecho que cada uno de nosotros debe ser responsable, que un Bosque se ponga en movimiento es porque de poco servirá nuestro compromiso individual para proteger el agua (los hogares guatemaltecos representamos solo un 2.8% del total de consumo de agua en el país) si sigue habiendo un sistema de impunidad e injusticia que la contamina, la desvía, la acapara, la consume, la lastima, la privatiza, la explota, la mata.

Si hay un Bosque que camina, es porque se volvió urgente recordar que el agua no es un recurso, una mercancía o nada más un derecho. Lejos hay que dejar esa terminología cuando hablamos de agua. El agua es vida y eso debería ser suficiente para protegerla, conservarla y distribuirla equitativamente.

¿Por qué el agua es tan importante? Podríamos seguir hablando de su “magia”, que al final, como lo dijo alguna vez Loren Eiseley, si hay magia en este planeta, está guardada en ella. Sin embargo hay mucha gente que ya no se deja encantar.

Partamos de un dato repetitivo: el peso corporal de la mayoría de organismos es de 60 a 90% agua. Ahora vamos más allá: el agua conecta y es conexión, sus moléculas se atraen entre sí, pues están unidas por enlaces de hidrógeno que permiten que el agua posea cohesión. Esta cohesión cumple una función importante en la vida de todos. Un ejemplo botánico: para que el agua absorbida por las raíces de una secuoya de noventa metros llegue a sus hojas, los enlaces de hidrógeno que unen a las moléculas de agua son más fuertes que su propio peso dentro de los conductos de la planta. Es una cadena que no se rompe. Sin esa cohesión, la vida en la Tierra sería distinta a como la conocemos, si es que estuviéramos aquí para conocerla.  Pero las moléculas agua no solo interactúan entre sí, también se relacionan con otras al ser uno de los mejores solventes; es decir, al ser una sustancia que disuelve, el agua sintetiza muchas moléculas que son importantes para la vida: proteínas, sales, dióxido de carbono, oxígeno, carbohidratos… Nuestra sangre está constituida de plasma, y el plasma es principalmente agua en la que se disuelven proteínas, nutrimentos y desechos. El agua está presente en muchas reacciones químicas que suceden en el interior de las células vivas, uno de los mejores ejemplos es la fotosíntesis, que ocurre cuando la molécula del agua se rompe y la planta la libera al aire en forma de oxígeno. Magia.

Hablé de nutrimentos. Estos son elementos y moléculas que forman los “bloques constructores químicos de la vida”. Algunos de estos se requieren en pequeñas cantidades, como el zinc, el hierro o el yodo. Y otros, los macronutrimentos, en grandes cantidades: como el carbono, el fósforo, el calcio, el oxígeno y claro está, el agua. Estos nutrimentos se mueven en ciclo o “rutas”. De los sitios de almacenamiento o depósitos,  a través de procesos diversos, pasan a los ecosistemas y vamos de vuelta… De esta manera existen los ciclos del fósforo, la ruta del nitrógeno, del carbono y la ruta del agua o ciclo hidrológico. Lo vimos en la primaria por medio de láminas coloridas: el principal depósito del agua es el mar y ésta viaja, a través de la atmósfera y gracias a la energía térmica solar, en forma de nube, a los depósitos en lagos, ríos y mantos acuíferos, a donde por gracia y gloria de  la gravedad, cayeron como lluvia o nieve, y así va de vuelta otra vez a los océanos.  Si bien es fundamental para la vida, a diferencia de los otros ciclos de nutrimentos, los seres vivos tienen aquí un pequeño papel. El ciclo hidrológico continuaría incluso si la vida terrestre hiciera catapum, pero desapareceríamos sin él. Como resulta que la vida está aquí, y con especial protagonismo la humana, el agua es un elemento vital, pero también social y por lo tanto es un derecho. No es redundancia: el 97% del agua total de la Tierra está depositada en los océanos (y es salada), el 2% está congelada y sólo el 1% es agua dulce (y ya somos más de 7000 millones de humanos, más los otros seres vivos que la necesitan). Del agua que cae al suelo por precipitación, una parte se evapora allí mismo; otra, mínima, es consumida por los seres vivos; otra, sigue su curso por los torrentes hacia el mar y una pequeña cantidad entra a depósitos subterráneos: los mantos acuíferos. Lamentablemente este mundo de sedimentos empapados está siendo sobreexplotado para suministrar agua dirigida  especialmente al riego. “Minados”, el agua de los los mantos freáticos se saca más rápido de lo que se vuelven naturalmente a llenar. Junto a esto está la contaminación, el cambio climático y los patrones excesivos de consumo, que no necesitan más explicación. De esta manera sucede la paradoja: lo inagotable, se agota.

El ciclo hidrológico es importante para la vida terrestre porque restaura el agua dulce que necesitamos para Vivir: recordemos la cualidad solvente del agua, a través de ella pasan los nutrimentos y ninguno de estos puede entrar o salir de nuestras células a menos que se disuelvan. Esa sería la explicación científica de su importancia.

¿Qué sucedió? interferimos en el funcionamiento de los ecosistemas y los ciclos naturales. Empezamos a actuar de manera cada vez más independiente de estos procesos. No hace falta repasar lo que comenzó a partir de la Revolución Industrial, pero si lo vemos desde la perspectiva de haber perturbado las rutas de nutrimentos globales de nitrógeno, fósforo, carbono y azufre, sobrecargándolos, lo entendamos mejor y veamos la relación que ésto tiene con una industria destructiva como la de la palma aceitera o el caprichoso desviamiento de ríos:

Por ejemplo, se interfirió en el ciclo del carbono, lo que contribuye al calentamiento global, al quemar desmedidamente combustibles fósiles como petroleo, carbón y gas natural, que no son más que la energía de la luz solar prehistórica liberada a la atmósfera en casi dos siglos de “progreso” humano. Sólo dos siglos. Dicha energía fue almacenada durante millones de años en los sedimentos subterráneos, donde los cuerpos de organismos quedaron enterrados y se escaparon a la descomposición, ya que gracias al calor y la presión se trasformaron en fósiles. Si lo sumamos a la deforestación (los árboles procesan el carbono, son parte de su “ruta”) el calor aumenta inevitablemente.

Por su lado, al sobrecargar los ciclos de nitrógeno y fósforo, se comenzó a dañar los ecosistemas acuáticos. El amoniaco, los nitratos y el fosfato de los fertilizantes químicos estimulan el crecimiento de las plantas para satisfacer las supuestas demandas agrícolas de una población en aumento (una población que por un lado desperdicia los alimentos y por el otro se muere de hambre). Pero el agua, en su ciclo hidrológico, disuelve los fertilizantes y los drena a lagos, ríos y océanos, perturbando el equilibrio de las redes tróficas al sobreestimular el crecimiento de fitoplancton. El lago azul y prístino se vuelve verde y opaco, triste destino de las maravillas naturales y de nuestro corazoncito nacionalista. Pero no solo eso, cuando el fitoplancton muere, se hunde en aguas más profundas para deleite de los saprófitos (los comecadáveres del ecosistema), cuya respiración celular aumenta y agota el oxigeno disponible. Privados de él, los invertebrados acuáticos y peces mueren, y así se sigue con la cadena alimenticia. A medida que las actividades agrícolas que utilizan fertilizantes químicos incrementan, las zonas muertas acuáticas se expanden. Dicha es la Pasión del agua.

La Marcha es un Bosque que camina para exigir la recuperación y protección de los nacimientos de agua y de todos los caminos que cruza hasta llegar al mar. El Bosque llegó a la ciudad para inundarla de conciencia, para que se ejecuten las políticas públicas relacionadas a su uso responsable, a su cuidado y mantenimiento, y a una distribución transparente como ella misma. Pero sobre todo, para hacer justicia ante el acaparamiento y contaminación del agua por parte de grandes industrias negligentes que la utilizan a costa de la sed de comunidades y ecosistemas que fueron despojados de su derecho a disponer de agua limpia.

El agua conecta y es conexión. El agua es en sí misma cohesión. En estos días la Marcha nos ha conectado de nuevo, aunque no hayamos recorrido los admirables pasos de quienes han atravesado los kilómetros con su valentía. Esa cohesión cumple una función importante en la vida de todos: nos ha vuelto a recordar que no podemos sobrevivir estando solos. Nuestras enlaces de hidrógeno son de amor, empatía, dignidad y luz. Quiero pensar que en este día de la Tierra haremos más fotosíntesis que nunca.

 

Recuerdo un reciente artículo sobre el guardabosques alemán Peter Wohlleben, quien asegura que los árboles también son seres sociales. En un Bosque, sus habitantes cuentan, aprenden, recuerdan y se comunican entre sí. Suena extraño, pero la biología ha demostrado que los árboles incluso cuidan a sus vecinos enfermos, o que crecen de tal o cual forma para que no les falte sol, o que, más asombroso, se distribuyen el agua. Los árboles, como las abejas, como los hongos, como nosotros, son seres comunales con un lenguaje propio que los interconecta, “hablan” a través de señales en una especie de wood wide web, como la llama él. Internet nunca fue algo nuevo. Una vez más la ciencia y la literatura me hacen un regalo asombroso.

En Guatemala siempre han habido Bosques que caminan, pero desde el año pasado es asombroso ver cómo esos Bosques han crecido. La Marcha por el Agua es por la dignidad, el territorio, la vida, la justicia, la auténtica libertad, por el futuro… Somos un país de árboles. Somos Bosque. Somos Agua. Y como dice un poeta querido, que nos aguanten, pues también somos Volcán… y Fuego.

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Camino y en minutos llego a un bosque. Un bosque que cada día se aleja un poco más, como si estuviera contrayéndose para escapar de nosotros. Camino buscando olvidar la agenda y las preguntas, situar la mente allí, sacarla a pasear y quitarle la cadena, y trato de atender sólo a lo que mis sentidos puedan percibir: rayos de luz cambiándole el color a mis pasos, el humo entretejiéndose con la neblina, de pronto una ardilla, el taladro de un pájaro carpintero, a lo lejos un tecolote, aquí cerca una piedra o una flor, la escarcha morada sobre los surcos de enero, las ruinas de adobe habitada por árboles y olvido, el hongo algodonoso de un elote  que no triunfó, el olor de una casa a tamales tostados y frijol,  el sol a pinceladas haciéndole un bostezo al volcán, llenando de color las sombras; y así, los perros, los puentes de piedra, noviembre, duraznos en flor, domingo de ola, onda, luz… Y para decir gracias gracias, algún burro anunciando que ya son las siete. Y así me hago feliz con mi derecho a ser bucólico, que a nadie le cae mal un poco de romanticismo de vez en cuando. Pese a que intentar escribirlo a lo impresionista es francamente inútil y al regresar a la vida sensata uno se deprima y el romanticismo siga allí, entre cuatro paredes, frente a una pantalla, pero no sea algo tan bonito como allá afuera, de hecho sea algo malo, tal vez muy malo.

 

 

Reportaje desde Tierrapaulita

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En Tierrapaulita son asiduos los terremotos. Algunos dicen que el último fue hace cuarenta años, otros dicen que fue ayer. Esta aparente confusión puede ser solventada considerando que el dialecto terrapaulitano recurre a metáforas sencillas y por lo tanto cuando alguien habla de los temblores posiblemente no se refiera únicamente a un movimiento telúrico. El tiempo, sin embargo a ser considerado seriamente, tampoco está eslabonado de la manera corriente por estas tierras, así que quizás hoy no sea tampoco el 5 de abril de 2015, y si por caso lo es, la sensación de estar atrapados en el pasado es aborrecible.

Habitada por demonios y brujos en cataclismo perpetuo, la ciudad capital y su edificios, puentes, calles, postes, aleros, ventanas, puertas, cunetas, monumentos, glorietas y acueductos, está torcida como su suerte. Da la impresión de que se está cayendo pero al mismo tiempo, nunca cae del todo. Sus habitantes no se escapan de este disloque universal. Sus huesos, sus miradas, acaso también sus conciencias, conforman una turba de tullidos, jorobados y cojos, mancos y tuertos, enanos y gigantes, monstruos y mutantes de once mil patas… Todos resultado de un choque de magias obscuras y contradictorias forjadas a través de una historia circular que se detesta a sí misma.

Los suidadanos de Tierrapaulita, como se suele decir, están acostumbrados a la acronía y la ingravidez. Son como espectros, se les puede ver recorrer una calle cualquiera, descascarada y olorosa a meados, cualquier calle de esas, hedionda a podredumbre y miseria, con la actitud indescifrable y gacha de quien observa el tiempo entero una obscuridad surcada por espantos traviesos y crueles. Pero no es que las viejas consejas asusten al noctámbulo, de hecho no quedan sino leyendas de dichos seres. El terrapaulitano actual está curado de la magia negra porque su vida ha transcurrido entre portentos sobrenaturales y transformaciones tétricas mucho más efectivas que aquel antiguo mecanismo de susto y desprendimiento de almas. Además quienes diligentemente se dedicaban a trasegar con ellas por fines no lucrativos deben haberse extinguido, o en todo caso se fueron de mojados a otra dimensión.

“Antes nos asustaban más los muertos” suelen decir los brujos ancianos, demostrando, detrás de una aparente estolidez, que el terrapaulitano también es un ser nostálgico y melancólico. Sabe que en  cualquier momento le puede caer una maldición y quedar, por ejemplo, a media calle, o en un bus, al revés, con todas sus vísceras afuera y toda la piel adentro, como cuando se le da la vuelta a un calcetín, o a un chorizo. Ante tan horrísona suerte, venerar al pasado, al menos por parte de los veteranos, es una costumbre muy arraigada.

Y no es falso que Tierrapaulita ya no es lo que solía ser. No es que todo pasado sea mejor. Respaldar esa afirmación sería una ligereza. Sin duda antaño Tierrapaulita no fue más cómoda o bondadosa con sus habitantes que ahora. Pero sí al menos pintoresca y eso daba garantía de sorber un poco de refrescantes nacionalismos de vez en cuando.

Pero la guerra entre los demonios y brujos regidores socavó la superficial tranquilidad provinciana que alguna vez Tierrapaulita tuvo. Los demonios cristianos, liderados por Candanga, quien una vez en el poder, en busca de aumentar el capital humano de sus corporaciones infernales, presionó por la aprobación de una ley que obligaría a los habitantes a multiplicarse desmesuradamente, a llenar la tierra de patriotas comprometidos con el progreso,  para luego invitarlos a pecar y a pecar contra dios y la virgen y así aumentar el combustible de las llamas eternas que mueven a sus factorías, constituyeron un infierno en la superficie que ni ellos pueden controlar ahora.  Claro que para lograrlo tuvieron que pasar muchos siglos de combate contra los demonios vernáculos, quienes, liderados por Cashtoc, aspiraban a lo contrario: acabar con esa plaga llamada humanidad, aniquilarla por completo, desaparecerla de un territorio que antiguamente pertenecía a ellos y a sus criaturas, destrucción que administraban  a través de sus characoteles, terremotos de verdad, bestias telúricas, volcanes, espantos acuíferos, duendes y toda la demás parafernalia realista-mágica que puede ser revisitada en la literatura nacional.*

Cashtoc fue derrotado después de una breve guerra civil de cuatro centurias. Y casi un siglo después, el gobierno de Candanga, aparentemente,  también está llegando a su fin, pero no así sus negocios. Después de situar a una serie de dictadores, empresarios, vaqueros, generales retirados y comediantes que militaron a sus pies, si algo funcionó del legado del demonio cristiano, aparte de derrotar al poder terrígeno, son las políticas de engendro. Imparables son las cifras de una demografía en aumento que cumple con la obligación divina de rellenar la tierra.

Sin duda la migración interna que causó la guerra y la pobreza hizo que muchos medios brujos buscaran establecerse en Tierrapaulita para transformarse en grandes brujos. En su lugar encontraron la lubricidad de la miseria. Gracias a esto, y a pesar de todo, la ciudad cuenta con grandes abastecimientos de pecadores que alimentan las entrañas de la tierra, por lo que el emporio infernal no teme en los años venideros una crisis de materia prima.

Asimismo, luego de que los párrocos de la teologías más dura fuesen expulsados, asesinados en sus atrios por haber denunciado las masacres de la centuria pasada o luego de haber sido llevados a la locura por el contrabando ilegal de agua bendita, y se expandieran desde la guerra los centros neopentecostales para ricos, clase media y pobres, las iglesias han sido un aliado efectivo en la producción en masa de almas obnubiladas por la culpa y el martirio, dispuestas a sufrir por sus pecados. Y les ha ido muy bien. Sumado al monopolio de los medios de comunicación y de la producción de pollo frito, ron, cemento, agua pura, aguas gaseosas, pastas, consomé, aceite de palma, cerveza, azúcar, frituras y oxígeno enlatado, Candanga Corp & Asociados, bajo el nombre comercial de Proyectos Innovadores S.A., la firma planea construir una serie de malls, los más grande de la región, quitándole el título al de Panamá. Este tipo de maravillas produce en la población cierta activación del nacionalismo que eleva a orgullo el ser terrapaulitano y haber trabajado por el crecimiento económico del país, inyectando en la médula de los procesos identitarios valores que ensalzan patriotismos de concreto o que trocan la explotación por laboriosidad y el sacrificio por amor a la nación.

La única piedra en el zapato de Candanga son un grupito de gente que se las lleva de intelectuales y que no hace mucho se opusieron a que un diputado siguiera en marcha con la propuesta de ley de la lectura obligatoria de la biblia en las escuelas. Ahora hay otros que se están oponiendo a la pena de muerte. No hace mucho también estuvieron a favor de la educación sexual.

Todos los días suceden terremotos en Tierrapaulita. Pero podría decirse que Candanga contaba con que su control político podría acabarse ahora que más viejo que por diablo, se permitió situar en los poderes a demonios menores y brujos mediocres que han transformado su emporio de tinieblas en un escenario para enervar la indignación de ciudadanos que anteriormente habían sido parte de una sociedad silenciosa. Aunque le achaca esta hernia a la mayor intromisión de organismos internacionales y de derechos humanos en el país, y aunque sabe que es muy fácil acallar a esas masas inconformes y desagradecidas con un pequeño “susto”, en una entrevista ofrecida en su apartamento de Miami, Candanga explicó lo que piensa de los actuales gobernantes de Tierrapaulita: “son unos pendejos”.

Candanga no teme por su negocios, aunque recientemente su nombre haya figurado en las filtraciones del escándalo fiscal de los Panama Papers. No obstante, lamenta la excentricidad con la que actualmente se manejan los asuntos de Estado y expresa, acaso sin querer, con un poco de la nostalgia terrapaulitana, mientras al fondo de la habitación suena una melodía en marimba, que antes, no lo duda, “todo era mejor porque había más temor a Dios”.

*Ver Mulata de Tal. Miguel Angel Asturias.

5 de febrero de 1976

Erase una vez, Festival del libro infantil en Xela

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Para celebrar el día internacional del libro infantil, el domingo 2 de abril en la Plaza Japón de Xela se llevó a cabo el 1er Festival del libro infantil. “Erase una vez” fue el título de ésta edición, la cual se unió a la conmemoración global del escritor danés Hans Christian Andersen.  Actividades como cuenta cuentos, clown, teatro de papel, ilustración y el acceso a libros infantiles  convirtieron  el quiosco del parque en un híbrido de escenario y biblioteca al aire libre para compartir el asombro por las palabras, el papel y la imaginación.

Nada espectacular, aparatoso o ruidoso, como muchos otros eventos supuestamente dedicados a los más pequeños. Lo que detona desde espacios como este festival va más allá de un momento de ocio entre libros y trabalenguas, aunque el ocio y el disfrute sean un elemento importante.

Hace un par de años un amigo me invitó al teatro. El Teatro Abril en la zona 1 de la ciudad de Guatemala. Era un domingo a las diez de la mañana. Ingenuo de mí no saber que un domingo a las diez de la mañana en el Teatro Abril de la ciudad de Guatemala es muy probable que se presente un disneisoso  remake musical de la Bella y la Bestia, La Cenicienta o La Sirenita. Ese día era de la Sirenita, y no la del cuento original de Andersen precisamente. Tuve que hacerle frente y jugar un poco a eso de sacar el niño interior para no sentirme tan alienígena. Si después de todo hubiese ido con uno de mis sobrinos, no tendría nada de extraño estar allí. En ese entonces estaba estudiando literatura y una parte de mi estaba contagiada de esa seria academia que por más que se quiera evitar, termina haciéndolo a uno ver con cierto desdén ese tipo de espectáculos. Así que puse en marcha la epojé y mandé al carajo la universidad…

Y me la pasé bien, cantando “bajo del mar, bajo del mar, nadie nos fríe ni nos cocina en un sartén…”

Quizás el montaje y la inspiración del musical no eran el mejor de los teatros posibles, pero lo interesante de todo fue poder ser testigo de una alegría auténtica con la que los niños  vivenciaban la obra y de cómo sus padres, abuelos o demás familiares o amigos se esmeraban por llevarlos a ver la función, en lugar de condenarlos una mañana entera  de domingo a momificarse frente al Disney Channel. La diferencia era mucha. La más grande: compartir juntos la experiencia. Me habría encantado que mis padres, a esa edad, me llevaran a las butacas y que el teatro de mi localidad fuese algo más que un mausoleo.  Recuerdo que al terminar la obra, afuera de la sala, una mujer que a juzgar por su cabello canado sería la abuela, con un canasto de un lado, seguramente después de haber hecho algunas compras, tomó de la mano a sus dos nietos y les indicó que era hora de marcharse a casa. Vi que en la esquina abordaron aprisa el primer bus rojo que pasó, de esos que dan miedo, y así la fantasía retornó, en parte, a la realidad. Recuerdo haber leído que en la película de Disney, la paleta de colores utilizados en las escenas de la superficie del mar son opacos y grises, para contrastarlos con los tonos vivos de  las profundidades llenas de música. Algo así me parecía la diferencia entre aquellas calles descascaradas y el interior del teatro. Los niños salieron al sol como si hubiesen estado, efectivamente, bajo del mar.

Este domingo, en el quiosco de la Plaza Japón de Xela volví a encontrarme con aquel asombro: ese sentido de maravillarse por cosas tan simples como voltear una página, escuchar una rima, una canción o un juego de palabras. El festival “Erase una vez”, organizado en conjunto por las compañías de cuenta cuentos y literatura infantil La Valija y la Cobija, Cuentos y Talentos, el teatro clown de El Mundo de Lucas y con la colaboración de varios actores como Editorial Amanuense, Fondo de Cultura Económica y Pin Pin Sonrisas, creó durando cinco horas un espacio sencillo en su configuración, pero capaz de generar las posibilidades para que cada niña y niño se volviera protagonista en la reinvención de su propia realidad, porque al final de “cuentos”, esa capacidad es una de tantas con las que nos rebalsa la literatura infantil, y la literatura en general.

Más emocionante fue ver la cantidad de papás, mamás, hermanos mayores o abuelos que atendieron a la invitación y llevaron a sus pequeños a encontrarse con los libros y con otros niños. Más que un festival, fue uno de esos brillantes nodos efímeros que en Xela nos han permitido establecer sentidos de comunidad en los últimos años. Si bien aún hace falta mucho por trabajar y compartir, no deja de ser emocionante sentirse parte y participar de iniciativas que desde la cultura siguen haciéndonos jugar a que podemos tener una sociedad resiliente y capaz de ser feliz, de sonreír, aun cuando tenemos todo el sistema en contra. Y cuando esa sensación está llegando a los más pequeños por medio de libros que los hacen reír e imaginar, libros que pueden tomar en un parque, sin distinción ni impedimentos de ningún tipo, creo que se está logrando un impacto honesto en sus vidas.

El festival fue un ejemplo más de pequeñas pero efectivas acciones culturales que sobrepasan al evento, las convocatorias o la imagen de quien lo organiza. Esfuerzos que son fruto de la pasión y la gestión de sus participantes, donde actos tan sencillos como abrir un cuento o escuchar una historia se vuelven acciones ciudadanas verdaderas, porque el nieto y la abuela dejan de ser los espectadores y se convierten en los personajes principales de las historias que leen, relatan, sienten o inventan. No dudo de que a medida que una comunidad cuente con un tejido diverso de acciones y actores culturales, donde la participación sea el componente principal, y donde todos se asuman como protagonistas, se están construyendo las condiciones para un verdadero desarrollo de la creatividad social, por muy arrugado que suene el término “desarrollo”, porque de a poco nos vamos fortaleciendo en la batalla contra la exclusión, la corrupción política y la pasividad.

 

 

 

 

 

 

 

El átomo cultura

¿Qué misión tiene el gestor cultural en Guatemala? ¿Por qué trabajar desde la cultura aquí?

Seamos los mártires de siempre: más que insumos, no hay apoyo. Ni por un Estado al que le corresponde invertir en cultura tanto o más que en otras carteras, ni por gran parte de la población, a la que con frecuencia poco le importa si no es para entretenerse o aparentar un estatus. Y es comprensible, aunque es elemental, la cultura no se come y tampoco se ostenta. Mientras las urgencias sociales de este país sigan siendo tan absurdamente básicas y tan básicamente absurdas, trabajar desde la cultura seguirá siendo, si no infructuoso, al menos cansado.

Si algo se ha aprendido, es que sin crear comunidades que sepan y comprendan la importancia de la cultura para sí mismas, los proyectos siempre serán insostenibles.

Cuando respiramos en una atmósfera intelicida, donde la educación es mala, la pobreza aumenta y la mayor parte de medios de comunicación y entretenimiento están diseñados para mantenernos en una cómoda pasividad y en una obediencia obnubilada al consumo y al engaño (y ojo, no hablo como opositor hacia un sistema económico, sino como humano hacia toda una maquinaria que nos está pasando factura por la integridad, el medio ambiente, la dignidad, la diversidad, por todo, vaya) ¿Cómo lograrlo?

Lo primero, creo, es polinizar, en una multitud acostumbrada a entender cultura por actividades y eventos sociales pasajeros, la idea de que, de hecho, cultura es esa nebulosa de creaciones humanas que esparcen sentido a nuestro alrededor, necesario para hacernos no solo más inteligentes, sino más sensibles, conscientes, responsables e íntegros, y que activando la memoria, la acción y la imaginación, nos sitúa en un tejido de espacios, momentos y organismos que contribuye al desarrollo social en todas los ámbitos posibles: jurídico, político, socioeconómico, ambiental, educativo… Es como una biósfera.

El actor cultural no es en ningún caso un benefactor. Muchos creen que la cultura se “lleva”, y que al “llevarla” a donde supuestamente no hay, están realizando una labor social, casi un acto de beneficencia. Su trabajo es improcedente y puede rayar con lo insultante.

 

Trabajar desde la cultura es accionar por algo más profundo. Me atrevo a decir que por mantener el impulso elemental de la creatividad encendida desde y junto a la homeóstasis de cada contexto, y a través del asombro concebir de manera colectiva formas de vincularnos, superando el atolladero de prejuicios que nos separan. Con una historia de destrucción por sombra (de la que nunca nos separaremos, porque nos guste o no es parte de nosotros), decir que trabajamos desde y para la creación puede sonar presuntuoso. Pero es verdad. Somos antioxidantes.

Por otro lado los actores culturales no sólo son los artistas. Parece simple, pero tengo la impresión de que es difícil comprender que  la cultura se expande más allá del arte, y por supuesto, más allá del arte concebido nada más como un decorado, un folclor encadenado al turismo o una tendencia unívoca del mercado actual. Una científico, un líder comunitario, un maestro, una activista, un emprendedor o una comunicadora también son comunidades culturales que accionan desde una posición creativa y creadora (y también destructora, en el buen sentido).

Llámesele cultura. O cambiémosla si no nos gusta. El caso es que con esta sustancia se va entreverando nuestro derecho al disfrute y al asombro, con la conciencia y la crítica, la imaginación y la memoria, esas moléculas históricas de relaciones, conocimientos e ideas. Desde allí las acciones culturales van aportando a la ciudadanía, la comunidad y la trama de sentidos que nos unifica en la diversidad que siempre hemos sido. Por lo tanto, también son acciones políticas. Y acaso es por eso que cuesta tanto trabajar.

Texto publicado originalmente en Qué onda Xela

 

Xibalbaica II

A veces me pregunto si la muerte no será el temor más grande de Occidente y del hombre moderno que engendró: ese hombre empeñado en progresar para superar a todos sus monstruos, incluido a dios. Acaso el miedo a la muerte inició esa carrera delirante por vencerla.

Tal vez debamos a ese miedo, muy racional, los inventos más espléndidos y los avances de la técnica, pero también los procedimientos más crueles. Ciencia moderna y religión tuvieron tal vez un mismo punto de partida, y tal vez una misma meta (y los mismos riesgos): cierta redención de nuestra dolorosa condición mortal.

¿Pero todos los pueblos son parte de esa carrera? ¿Es universal ese afán por superar a la muerte?

Si se puede, tomo una posición naturalista, y considero que en cierto asombro por los ciclos de la existencia y en cierta humildad ante la vida, hay mucho de pensamiento racional y observación científica por parte de muchas culturas antiguas y aún vivas. Nada de religión, por suerte.

Siempre regreso al Popol Wuj, sin caer al juego de aquellos que le adjudican la identidad de “Biblia de los mayas” en el sentido sacro, ritual y quizá hasta folclórico, a lo mejor sin haberlo leído. Lo leo como palabra poética, plasmada con el sentido de dejar, como menciona Humberto Ak’abal, un testimonio de los comienzos del pensamiento humano acerca de las relaciones cósmicas.

Y regreso también al Popol Wuj porque encuentro allí las raíces de las ideas que me han rodeado toda la vida en mi cotidianidad. Sin rendirse a esencialismos o espiritualidades inanes, encuentro aquí ese sencillo “asombro” y conocimiento por ese magnífico fenómeno vital que se termina. Algo así como un libro de biología cuando habla sobre la descomposición de un tejido y la eterna travesía de sus átomos.

Para muchas cosmovisiones no existe el miedo a la muerte, porque no es una lucha contra la finitud. El miedo surge de la posibilidad de caer en el olvido o la crueldad, esa podredumbre de la que solo son capaces los seres humanos en su capacidad para limitar la existencia a continuar naciendo, surgiendo, manando, transformándose con otras formas de vida, no necesariamente biológicas.

El miedo a la muerte proviene de la violencia y el daño con que ésta puede ser “suministrada” por la ambición, la crueldad, el engaño, la avaricia o la soberbia de otros. Dicho de otra manera, por la capacidad (y voluntad) de algunos de hacer “desaparecer” totalmente a otros.

A quienes la vida se le escapa por violencia no mueren, sino  “desaparecen”. No pueden irse, sino se quedan vagando en un círculo vicioso en el dolor propio y en el de sus deudos, incapaces de continuar con el ciclo natural que les corresponde. Por eso es tan importante experimentar los duelos dignamente, y sobrellevar las heridas por medio de procesos de sanación auténticos.

En mi historia y contexto abundan los no-muertos, erran como dolor o venganza, o en forma de memoria arrasada. Espantan. Un testimonio de que los ciclos de la existencia pueden detenerse por la crueldad de nuestros semejantes.

Por violencia se pueden destruir las semillas, los conocimientos, la memoria, los libros, las piedras, los pueblos, los ciclos, los árboles, la vitalidad. Y ante este factor, aparece la inevitable resistencia que muchas veces clamará por justicia, verdad, memoria o perdón. Sanar es un descansar.

En el Popol Wuj, la oralidad o la literatura guatemalteca de todos los tiempos, Xibalba es un lugar común, un territorio arquetípico y simbólico de nuestra epistemología, nuestra historia y nuestro archivo creativo originado en el pre-clásico y quizás más atrás. Como el lugar de la fertilidad, donde resurge la vida, también ha sido el lugar del miedo que debe ser superado cada vez que sus salidas a la superifice, la posibilidad de renacer, son obstruidas por medio del terror.

Más que una descolonización de la muerte, si puede hablarse en estos términos, o de la idea de la muerte, se necesitan esos encontronazos de saberes que puedan proyectarse a una experiencia respetuosa y plena y fascinada por la existencia, por el fenómeno inigualable de nacer todo el tiempo. La poesía lo ha hecho muchas veces. La ciencia también, cuando no está al servicio de ningún interés mezquino.

Quizás todavía se pueda construir una “civilización” desde el asombro y la humildad de existir: esa relación necesaria y cíclica donde la vida y la muerte juegan a la pelota.

Yo no me dejo de huecadas

Siempre he pensado que las banderas pesan mucho, y que es mejor no llevar ninguna encima. Desde la escuela, a uno le enseñan a rendir culto a un pedazo de tela. El patriotismo, entre muchos, parece ser un valor insulso, cargado de violencia y de mártires inventados, ensalzados por los libros de texto para hacernos creer en héroes que nunca hemos tenido.

Algo nunca lograron, por fortuna, aquellas mañanas bajo el sol de actos cívicos bastante militarizados: formatearnos a muchos con ese sentimiento “patrio”, que incluye, entre otras cosas, ser bastante “machos” para defender la nación.

Honor, sacrificio, gloria. Un juego de ideales casi fervorosos, bastante interiorizados para el escupitajo visceral, no así para la acción cívica.

Hablo de esto porque en Guatemala suelen proyectarse nuestros mayores prejuicios y odio, nuestros actos y palabras más agresivas, debajo de constructos supuestamente axiológicos, si no religiosos (tema para después), en los que suelen estar en un lugar preponderante aquellos aparentes valores que dicen guardar la integridad de la nación.

Ese dogmatismo “patrio” (y por lo tanto macho), sacado de debajo de la manga cuando conviene, suele amparar un sistema de injusticias y humillación, en menoscabo de los derechos de otros seres humanos como las mismas mujeres, los pueblos indígenas y las personas sexualmente diversas.

Rememoro los años de colegio porque cada vez que decía o hacía algo fuera de esa norma no escrita, mis propios compañeros me decían “dejate de huecadas”.

Después de que varias personas y medios se pronunciaron a una publicación homófoba en el El Periódico, el contraargumento de muchos también fue “déjense de huecadas“. Lastimosamente el ataque no se quedó allí.

Basta hacer scroll y leer unos algunos comentarios al pronunciamiento de Nómada en Facebook para espantarse. Se trata de linchamientos virtuales, no sólo contra un sujeto sino contra la homosexualidad per se (me viene a la mente la urticaria que brota ante cualquier publicación sobre Rigoberta Menchú, donde la discriminación hacia los pueblos indígenas es disfrazada de cuestión política e ideológica). Se mueve un placer oscuro por denigrar, creyendo que defienden sus “principios”, el “honor” de la patria, la “creencia” de la mayoría o a la “naturaleza”. Es contradictorio, porque se acude a valores, dogmas o teorías aparentemente “científicas” que en otros momentos unos y otros reniegan fervorosamente para su conveniencia.

Más que fundamentos, en el fondo serpentean el odio y la agresividad, excusándose detrás, ahora sí, de la tolerancia y el derecho de libertad de expresión. Una peligrosa incapacidad intelectual y ciudadana salta a la vista.

Una vez llegaron a decirme “maldito hueco”, sin son de broma. No supe qué hacer. Responder con la misma violencia habría sido aceptar y legitimar el método; pero al no defenderme aceptaba y legitimaba su poder para humillar a quienes son o “parecen”, según estereotipos, homosexuales.

Quizás la mejor manera de resistir es el desarrollo de nuestro intelecto: ante un argumento sólido, crítico, articulado, se topan y patalean, aunque vomiten todo su patetismo y su acérrimo odio, y se atrincheren en un efecto contraataque con el que se vuelve imposible dialogar. Claro, esto no nos libra de los riesgos de la violencia, por lo que el asunto debe trascender al ámbito legal y político cuanto antes.

Como todo guatemalteco, crecí escuchando, hasta en mi propia casa, frases y sentencias homófobas, a veces disfrazadas de humor, con forma de chistes denigrantes que ensalzaban la “hombría” a partir de la humillación del otro: mujer, indio, hueco…

Debería acoger una bandera para reivindicar la causa, pero las banderas pesan mucho. La de colores simboliza una historia de valentía y lucha que es admirable, pero no cargaré con pabellones de ningún tipo.

Cualquier tipo de adhesión corre el riesgo de engendrar individuos inmaduros y agresivos. Prefiero defender esta condición a través de acciones, palabras e ideas dignas, capaces de demostrar que para ser buena persona, no hace falta saberse la jura de la bandera o el padre nuestro, ni salir a desfilar de morado, de azul y blanco, o de los colores del arcoiris.