Paz: la voluntad de crear

9788437633992

Crear es un acto de transformación que conlleva la vitalización del mundo. Crear no es de solitarios, aunque muchas veces se lleve a cabo en soledad. Permite el cambio (ese espanto de las petrificaciones sociales) y la renovación: es el movimiento continuo empujado por la convivencia y el amor. La creación es la realización de una comunión con la soledad. El ser humano necesita crear constantemente porque cuando deja de hacerlo y se estanca en la rutina, el desgaste, la comodidad, la simulación, en las ilusiones de la avalancha mediática, mercadológica o peor aún, en el miedo, deviene sonámbulo, una creatura exiliada de sí misma, programada por un sistema de desterramientos edulcorados o violentos que lo dispersan y lo alimentan de vacío, lo saturan de olvido, para que este, a su vez, otorgue gratuitamente la energía de su existencia. Crear, por otro lado, no es desencadenar algo de la nada. Como creadores destruimos y reunificamos el mundo que nos precede para otorgarle dignidad todos los días. Crear no nos exige partir de otro lugar que no sea nuestro presente, si es que podemos concebirlo como el tiempo en donde surten todos los tiempos. El creador es continuidad, vive las ráfagas de su historia y sus sueños.

Estas son ideas antiguas, algunos hombres y mujeres las manifiestan más que otros y las renuevan a su modo. Suelen ser llamados poetas. Octavio Paz, en una poesía inoculada en ensayo, desgajó la idea de que el ser humano no es esencia, sino historia, y no podríamos pretender tener otro tintero para escribir la realidad. Cuando olvidamos la historia o rompemos con el pasado, la imaginación y nuestra capacidad de tejer relaciones caduca. Sucumbimos en la asfixia de un dédalo donde no hay salida.

Habitados, hoy más que nunca, por la soledad, estamos marcados por la violencia y la destrucción. Vagamos en un laberinto. En este ánimo de equilibrar, será Paz quien nos conduzca por él. Descendemos a su lado como Dante y damos un vistazo a los enajenados, a los enmascarados, a esos vagabundos que han roto con su pasado y se sienten huérfanos, abúlicos y temerosos de ser. En El Laberinto de la Soledad Octavio Paz examina la historia, las actitudes, las palabras, los sentimientos de su identidad histórica mexicana. Polémico pero también diplomático, poético, político, con el laberinto refundó la autocrítica y la necesidad de voltear hacia adentro, de cuestionarnos en medio de un siglo que a base de golpes supo que debía desacralizar la razón y su noción de progreso, esos caudillos que sin la sensibilidad necesaria, como cualquier dogma, se transforman fácilmente en tiranos.  No buscamos demostrar vigencia alguna de este libro para el latinoamericano. Solo se basta y ya lo han elogiado muchas veces. Nos proponemos, más bien, enfocar nuestra imaginación desde sus páginas hacia el verbo-verso crear. Partiendo de que el ser humano puede comulgar con el mundo y el tiempo -consigo mismo- para propalar creación, acudimos a Paz con la idea de que él se había cuestionado sobre lo que todavía nos impide hacerlo como sociedad. En muchos sentidos, seguimos marcados por el signo de las rupturas infructuosas, la cobardía y la imposibilidad de ser nosotros mismos.

Padecimiento colectivo la soledad. Acaso estamos condenados a experimentarla constantemente. No se busca superarla, sino comprenderla. Es necesario sabernos acompañados, valga el oxímoron, de su vacío. Bajo sus manifestaciones particulares, cada generación se ve obligada a encararla. Esta nos impele a estar en una búsqueda constante. Paz atruena que estar solo es haber roto con un mundo y por lo tanto, la consiguiente tentativa por crear otro. Sin embargo, el ser humano se encierra en épocas en que eso se hace más complejo. La soledad de nuestra generación está marcada por la violencia y la injusticia, tan descaradamente incrustadas la mayor de las veces, tan obvias sus manifestaciones que apenas les prestamos atención, de tan cotidianas; esa soledad mana de heridas que en vez de tratarse, se ignoran o peor aún, se niegan, y por lo tanto, vuelven o han de volver a desangrarse. Así, esta soledad se alimenta de la corrupción en todas sus versiones: la ecológica, la política, la social, la humana; se engalana con un barroco mediático para consumir e hipnotizar, mediante el uso de una tecnología al servicio de lo desechable, nuestras aspiraciones, sabiendo enajenarnos con maniobras de verdugo tantálico, a cuyo tacto nos convertimos en mercancía. Esta soledad se fortalece con el miedo y la inseguridad: la soledad es el guante blanco del poder. Que quede claro: ya no estamos solos, hoy, por una condición que en su momento es vital y necesaria.

Somos huérfanos. Con propósito desconocemos las historias que nos permitan palparnos el rostro y descubrir no sólo el quiénes somos y estamos siendo, sino el por qué. Nuestros países llegan a ser orfanatorios decadentes. Por desconocer los encuentros, choques y abrazos que nos dieron forma a través de los siglos, reconocemos a maneras excluyentes y lejanas de procurarnos eso que se llama identidad, porque la identidad llega a ser un instrumento de proyectos hegemónicos. La verdadera ascendencia nos incomoda, no quisiéramos reconocerla. La comodidad es una de nuestras pocas aspiraciones actuales, la protegemos con saña. El pasado no es suave. Es muy fácil decir que es importante conocer historia desde el confort de una asignatura, saber quiénes fueron prócer, mártir, libertador o dictador. De esta manera se reduce a su mínima posibilidad creadora. No se trata solamente de conocerla, aunque se conozca mal: hace falta serla, o asumir que la somos y nos reverbera en la piel. Y esto no es para derrumbarnos en nacionalismos o vergüenza. Paz nos recuerda que estos, sobre todo el primero, son maneras de silenciar la autocrítica.

Vivió y escribió siendo su historia Paz. Manó cuántico en un tiempo que era todos los tiempos: la poesía permite hacer eso. En sus pensamientos, y por lo tanto en sus pasos, se entregó a la certeza de que el presente es más que el acontecer del ahora. Por eso tenía la libertad de desatar su poder creador. El laberinto de la soledad es índice de esa capacidad suya de ser historia. En su forma, a diferencia de un historiador o un sociólogo, Paz no reflexiona, argumenta o sintetiza hechos concatenados. No cartografía, no hace cronologías u ordenamientos. No es su objetivo la cátedra, no es su cátedra ser objetivo. Paz imagina y sueña: experimenta, escribe y expulsa desde ese estado violento un torrente a veces turbio, a veces transparente, para escarbarse la raíz. Sí influido por el surrealismo, por Nietzsche y el psicoanálisis, estos, después de todo, también formaron parte de su vida, que fue lectura. Pero más que a la razón o la lucha contra la razón de su siglo y del precedente, Paz acudió a antiguas y poderosas sensibilidades. Si su ensayo fue polémico, entre muchas cosas se debió a la incomprensión de que él había escrito no un ensayo académico, sino un ensayo personal. Más que pretensiones de universalidad en su contenido, podría decirse que sí las tuvo en su método.

Su trabajo no fue una mirada sobre México. Quién está adentro es incapaz de ver el dédalo desde arriba. Y Paz estuvo muy adentro, aunque escribiera su libro en Paris. No fue un examen, fue la experiencia vivida, sentida y sufrida de su recorrido por el laberinto, plasmada en lenguaje poético.

Que es también político. Escarbarse la raíz es una acción en la que el individuo enajenado toma o desea tomar control. Deja de ser ese ser solitario que no se atreve, extiende lazos con su pasado, con su presente y por lo tanto, es capaz de gritar, de sanar, de decidir y de pensar. Las muchas formas de la violencia nos han impuesto una máscara y nos despojaron de memoria, nos obligan a darle continuidad a un mecanismo que nos manipula en base de aislamientos y silencios que hoy, aparentemente, pretendemos solapar con métodos que no hacen otra cosa que reproducirlos. Nos desertifica la cultura del derroche, la saturación, la necesidad del estatus y el confort, el escalofrío de la tecnología degradada a fin, ofrecidos como panaceas en un mundo globalizado donde el sistema económico que impera ambiciona mucho y nada. El poder crítico que produce sabernos solos y violentados es verdadero poder político, va más allá de los activismos: germina en las conciencias. Creación y no consumo u obediencia infundada. Toda transformación, amasa Paz, incomoda a las estructuras endurecidas. Son un atentado contra los poderes obscenamente ataviados con cualquier manía económica.

Si por siempre estamos invitados a la soledad, no se debe únicamente a una naturaleza que trenza la experiencia humana desde la nostalgia de un cuerpo-espacio del que fuimos arrancados, un emplazamiento real o mítico al que estábamos conectados o del que formábamos parte con cierto derroche de plenitud. Esta naturaleza fue aprovechada como un recurso de dominación.

Paz abriga aquí el simbolismo del ombligo como el centro mismo del mundo, concepción disponible en numerosos pueblos y tradiciones que evocan edades luminosas y retornos. De allí que el humano contemporáneo, en México y en cualquier parte, padezca la ausencia de ese cordón umbilical que lo unificaba a un espacio, a su comunidad o un sentido de esta, ya que más que un individuo aislado, era parte de un todo palpitante. Denomina a esta experiencia “comunión”, la cual sobrevive en la memoria, la nostalgia y la alegría fugaz de los instantes sacros procurados por la poesía en sus manifestaciones de fiesta, literatura, sueño, erotismo y amor. Asumir y desear esa comunión no se limita a la añoranza arcádica de un paraíso perdido o por recuperar. Tampoco se detiene en el hecho de que al dar una mirada a las concepciones coloniales y las cosmogonías prehispánicas que tuvieron en común mitos de paraísos perdidos, aplacadas por la abundancia racional de las últimas centurias, Paz equipare su propósito a cierta religiosidad o romanticismo anacrónico. Es necesario comprender a qué sentido de comunión se refiere Paz. No se trata de liturgias o cultos. Solos, estos también han demostrado ser delirio y masacre. Es más bien una habilidad de percibir lo sagrado como una manera multidimensional y dialogante de nuestra existencia. No es metafísica. Es solamente otro forma de estar en el mundo, quizás una donde no hayan exclusiones de ningún tipo.

A través del siglo XIX y XX, escribe el poeta, el pensamiento positivista y su razón convertida en dogma nos despojó en gran medida del ombligo al reducir el mundo a lo puramente comprensible y deseable a través del ideal del progreso, la realización económica y muchas veces tiránica de la razón. La razón es importante, pero no puede ser la única ventana. Otras sensibilidades fueron silenciadas, relegadas a poesía como folclor o  bellas artes, y no como fundamento de la experiencia vital y colectiva. El mundo, colonizado por un dominio epistemológico y económico con aires de universal (el universo está “solo” después de todo) es examinado y degradado, pero no se comulga con él. La razón, pese a todo, no es creadora. Por sí misma tampoco es destructiva, pero al hallarse soberana como único catalejo de los seres humanos, los castra de su poder creador y se emascula a sí misma, hasta devenir a disparate y convertir todo lo que toca en naufragio. Puede ser que cada movimiento de la naturaleza y la sociedad lleguen a tener una explicación con la razón, pero con ella sola a lo mejor carezcan de sentido, no es fértil. La razón es soledad y es una máscara, debajo de ella otras manifestaciones pugnan por salir. Por eso habría sido contradictorio que Paz pretendiera ceñirse a ella y a nada más que a ella para escribir un ensayo en que, ansioso de comunión en un siglo que se la niega, se preguntara desde lo más profundo de su ser por qué se vive en soledad.  

Liberar los poderes creadores y cambiar el signo de la destrucción exige haber superado la violencia de la soledad. Es saborear un sentido sagrado de la propia existencia, que es saberse parte de un mundo en constante correspondencia, en el que se dialoga y donde no solo se construyen significados sino también relaciones. Por ende, conlleva modificar los horizontes de deseo que nos impuso la sociedad moderna. Miras que más que satisfacer, promuevan la creación.

El laberinto existirá en tanto que la sociedad contemporánea continúe fragmentando y separándose con métodos violentos o sutiles. Paz lo dijo: se nos inyecta una ataraxia perversa, entendida como un estado de indiferencia que se intensifica a través de áridas rupturas. En una sociedad que adrede no rompe para entrelazar, que fragmenta y dispersa sin restaurar, que ignora a la muerte porque ya no existe la promesa de un renacimiento, vivimos una civilización que padece la destrucción y ya no espera una germinación entre las cenizas. Todo va al bote de la basura. Como no puede acudir a la creación, ni siquiera puede imaginarla. Se limita a extraer y consumir.               

¿Cómo ser creador en medio de violaciones que apenas parecen conmovernos, inflamadas de normalidad? La soledad es una insensibilidad. Es violencia. Paz trata de explicarse sus líneas y sus rostros. En lugares como México o Centroamérica los hombres continúan solos y la crueldad es manifestación de esa enajenación. 68 es un número que atizó la certeza de que todo un pueblo continúa buscándose con desesperación. Hoy lo recuerda nuevamente el 43. Debajo de las máscaras hay sufrimiento.

La prueba de que Paz intentó superar la soledad no solo serán por siempre su poesía y su palabra, lo fue también la acción que lo llevó a ser crítico y adversario de cualquier poder obtuso y necio que fuese capaz, por ejemplo, de una masacre de estudiantes o de pueblos enteros. Ideología seguramente la tenía, pero esta nunca le fue un dogma. Le valieron ataques por parte de facciones distintas. La imaginación crítica no es complaciente. El pensamiento de Paz juega con los extremos, argumenta con contrastes y relaciona contrarios, pero nunca es maniqueísmo, tampoco esencialismo. Dividir el mundo en dicotomías y adherirse con fervor a una de las partes mutila la capacidad imaginativa y crítica de cualquiera. Por eso en sus textos las fronteras entre razón, sueño e imaginación se borran. Lo mismo pasa con derechas o izquierdas. A lo largo de su obra Paz no intenta hacer chocar la ciencia con los sueños o el instinto, o la individualidad con el grupo, o la objetividad con la subjetividad. No equilibra porque no hay opuestos para él.

Desaparece incluso el paradigma cronológico que divide presente, pasado y futuro. Durante su lectura, el laberinto tiene el efecto de hacernos concebir el ahora como lo hizo Paz, esa fuente donde surte imparable la historia y el mañana. No es derramarnos en un espacio ácrono, el tiempo es de hecho más palpable que nunca, y en él interfieren todas las edades del ser humano. También por esto Paz es creador: fue a un mismo tiempo niño, adolescente, adulto y viejo. Escribió en todas las versiones de sí mismo: hizo suya esa forma de conciencia imaginativa donde el mundo palpita y puede ser hasta mágico, lleno de alma y poesía, donde se está invitado a inventar y jugar en él. Como el adolescente, navegó la experiencia del mundo marcada por el heroísmo y el deseo, la rebeldía y la ternura fueron gemelas, amistad y sacrificio apenas se diferenciaron entre sí. Y grande en madurez, se entregó a su trabajo como creador, reflejo de que su conciencia personal había adquirido pleno sentido: era memoria, sueño y experiencia.

¿Cómo ser creadores hoy? Si estamos solos es porque hemos negado o nos ha sido negada la posibilidad de reconocernos. Cubierta, negada o reemplazada nuestra historia, deambulamos y sobrevivimos entre la inercia y bajo las máscaras. Acudimos a la violencia porque nos hemos cansado tratando de rescatarnos. Hemos llegado a creer que necesitamos del poder y de su ejecución sobre los otros para no ahogarnos, como lo hacen quienes creen mantenerse a flote a base de ignominia. Conocer nuestra historia es una labor individual que debe permitir la comunidad. A lo largo de su camino por el laberinto, Paz reconoció una historia entre muchas: la suya. Aunque subyace en ella la memoria colectiva y desde ella rete a la sociedad a pensarse de otras formas, su visión no pretendió adherirse a esa idea mortuoria que dudosamente se denomina Historia Oficial o Verdad. El famoso ensayo es un ejercicio de rigor, de subjetividad, lógica y contradicción. De otro modo no sería un laberinto. Aquí, como la vida misma, las fronteras de la razón, la imaginación, los sueños y la intuición se difuminan. Recorrió a su manera las venas del México que en él se hizo hombre. Se atrevió a vivir con todos sus golpes y florecimientos. Leer a Paz hoy es una invitación a crear, a atrevernos a palpar-nos desde nuestra historia, a ser nosotros mismos para poder ser algo más. No habrá creación mientras no haya voluntad de adentrarnos a nuestros propios laberintos, llenos de soledad.

 

Bibliografía:

Octavio Paz. El laberinto de la soledad. Postdata. Vuelta al laberinto de la soledad. Fondo de Cultura Económica (FCE).

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