Ay

ay

“Ay” es una interjección estigmatizada en Guatemala. Si has nacido con gónadas externas se supone que la interjección está prohibida. Tuve un profesor que lo decía con seriedad: “Si usted dice ay, lo van a molestar” y bajaba la mano peluda para hacer el gesto marica correspondiente. Cada vez que me enfrentaba a la ecuación y exclamaba “¡ay, no me sale, profe!”, lo recalcaba. No se equivocó: decir ay es de huecos.

Tal vez por eso, desde pequeños, los muchachos son inducidos a  utilizar un vocabulario coprológico y sexual. Estos términos resultan más apropiados en tanto que parecen más varoniles, que es lo que se supone uno debe ser en un contexto en el que, todavía, había que ponerse el dorso de la mano en el pecho inflado para cantar el himno nacional.

Comprendí que hay términos con que te construyes la “hombría”, al igual que la forma de caminar, comer, modular la voz, saludar y hasta pensar. Todos mis amigos los usaban, había algo “de macho” en pronunciar mierda, puta, hueco, cerote, verga, pija. Y a esa edad todos quieren demostrar que nos “hombres”, o que lo serán.

En ese sentido, las malas palabras son conservadoras, tienen género en el sentido tradicional, por eso cuando una “mujercita” habla como brocha de autobús queda totalmente despojada de su femineidad.

Por fortuna desde muy joven me di cuenta que ser varonil era como una máscara, y puesto que nunca encontré una que me gustara lo suficiente como para encajármela, seguí diciendo ay.

Hace mucho intenté tener un blog. La indisciplina lo hizo fracasar. Lo titulé “ay julito” porque esta expresión de desconsuelo y resignación (con la de “ay mijito”) me ha acompañado desde que tengo memoria. Y ha sido surtidor de cierta fortaleza perversa, de rebeldía si se quiere, ante la manía de hacer las cosas como no corresponde.

Según su tonalidad, “ay” denotará sorpresa, dolor, susto, alegría, desconsuelo, duda, queja, crítica, placer… Todos la utilizan a menudo y muchos, como aquel profe de matemáticas, si se dieran cuenta de lo frecuente que sale de sus lenguas, no la satanizarían tanto debajo de sus prejuicios.

Irónicamente la utilizan con lo masculino:  “¡ay dios!” “¡ay hombre!”. Y es toda una mariconada ¿no?

 

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