Edecán

bikini
Foto: Prensa Libre.

En un ensayo publicado en 1975 en la revista Vogue, Susan Sontag reflexionó sobre la noción contemporánea de la belleza, relacionándola al detrimento de la dignidad de la mujer, obligada a ser hermosa y a vivir preocupada por serlo, dividiendo su cuerpo en trozos de carne y accesorios que deben ser cuidados con esmero para agradar al sexo fuerte: caderas, senos, cabello, cutis, etc. Aunque Susan culpa a los antiguos griegos de dividir al ser humano en “interior” y “exterior”, no deja de anotar que para ellos la belleza no era una cuestión meramente física, sino más bien una virtud que incluía talento, bondad e inteligencia. Con el paso de los siglos, asumir que las mujeres son el sexo hermoso (los hombres, además de competentes, halagadores) atentó contra aquella idea holística de la belleza.

Hoy ser “bella” ya no solo es una “preocupación”, sino un requisito laboral. Casos hay de sobra. Pienso en las edecanes.

El término “edecán” proviene del francés aide de camp o ayudante de campo, título honorífico que solía tener el asistente de un alto oficial militar.  Prestada por el español, la palabra pasó a designar a cualquier auxiliar, acompañante o correveidile.

Sin embargo, hoy “edecán” nos suena más a una especie de publicidad humana (sobre todo mujer) que promociona una marca o producto a través de la atracción generada por su “buenura”. Si tecleamos la palabra, google lo corrobora.

Cerca de donde trabajo hay una cevichería. A falta de comensales, imagino que hicieron rigorosos estudios de mercado y su estrategia de marketing fue colocar a un par de “chicas” a contonearse en la entrada.

Trabajo arduo: estar de pie con tacones, sonreír a tiempo completo, acomodarse la ropa ajustada y sobre todo, saberse deseadas igual o poco más que una picosita. Su misión: ser acosadas para que la cerveza se venda.

Recordado el caso del mitin político de este año, donde ellas encendían las fantasías de los correligionarios. La indignación corrió como polvora porque aquel proselitismo provenía del partido cuya presidenciable era una mujer.

La edecanía debe ser un trabajo honrado y respetable como cualquier otro. Lamentablemente sigue evidenciando que ser mujer y rifarse la dignidad para tratar de ganarse la vida es común y hasta normalizado en países como Guatemala.

Susan nos recuerda que no es el deseo de ser bella lo que está mal,  sino la obligación de serlo o tratar de serlo. La edecán es carnada. Expuesta, la aprietan, a veces la tocan, la humillan y tiene que aguantarse, con una sonrisa. Sirve para enganchar y para colmo tiene fama de tonta. Pero si no fuese bonita –y no fingiera ser tonta– quizá no tendría un salario.

“La belleza es una forma de poder. Y con razón. Lo lamentable es que es la única forma de poder que la mayoría de las mujeres son alentadas a perseguir” dispara Sontag. Cada vez que una chica atractiva llame su atención -o repulsión- incitándole a adquirir una cerveza, piensa en las brechas de género que se ensanchan en países como este, donde muchas mujeres, si han de tener un poder, es el de atraer y complacer. Y eso que es 2015, como nos recuerda el aplaudido nuevo primer ministro de Canadá.

 

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