Yo no me dejo de huecadas

Siempre he pensado que las banderas pesan mucho, y que es mejor no llevar ninguna encima. Desde la escuela, a uno le enseñan a rendir culto a un pedazo de tela. El patriotismo, entre muchos, parece ser un valor insulso, cargado de violencia y de mártires inventados, ensalzados por los libros de texto para hacernos creer en héroes que nunca hemos tenido.

Algo nunca lograron, por fortuna, aquellas mañanas bajo el sol de actos cívicos bastante militarizados: formatearnos a muchos con ese sentimiento “patrio”, que incluye, entre otras cosas, ser bastante “machos” para defender la nación.

Honor, sacrificio, gloria. Un juego de ideales casi fervorosos, bastante interiorizados para el escupitajo visceral, no así para la acción cívica.

Hablo de esto porque en Guatemala suelen proyectarse nuestros mayores prejuicios y odio, nuestros actos y palabras más agresivas, debajo de constructos supuestamente axiológicos, si no religiosos (tema para después), en los que suelen estar en un lugar preponderante aquellos aparentes valores que dicen guardar la integridad de la nación.

Ese dogmatismo “patrio” (y por lo tanto macho), sacado de debajo de la manga cuando conviene, suele amparar un sistema de injusticias y humillación, en menoscabo de los derechos de otros seres humanos como las mismas mujeres, los pueblos indígenas y las personas sexualmente diversas.

Rememoro los años de colegio porque cada vez que decía o hacía algo fuera de esa norma no escrita, mis propios compañeros me decían “dejate de huecadas”.

Después de que varias personas y medios se pronunciaron a una publicación homófoba en el El Periódico, el contraargumento de muchos también fue “déjense de huecadas“. Lastimosamente el ataque no se quedó allí.

Basta hacer scroll y leer unos algunos comentarios al pronunciamiento de Nómada en Facebook para espantarse. Se trata de linchamientos virtuales, no sólo contra un sujeto sino contra la homosexualidad per se (me viene a la mente la urticaria que brota ante cualquier publicación sobre Rigoberta Menchú, donde la discriminación hacia los pueblos indígenas es disfrazada de cuestión política e ideológica). Se mueve un placer oscuro por denigrar, creyendo que defienden sus “principios”, el “honor” de la patria, la “creencia” de la mayoría o a la “naturaleza”. Es contradictorio, porque se acude a valores, dogmas o teorías aparentemente “científicas” que en otros momentos unos y otros reniegan fervorosamente para su conveniencia.

Más que fundamentos, en el fondo serpentean el odio y la agresividad, excusándose detrás, ahora sí, de la tolerancia y el derecho de libertad de expresión. Una peligrosa incapacidad intelectual y ciudadana salta a la vista.

Una vez llegaron a decirme “maldito hueco”, sin son de broma. No supe qué hacer. Responder con la misma violencia habría sido aceptar y legitimar el método; pero al no defenderme aceptaba y legitimaba su poder para humillar a quienes son o “parecen”, según estereotipos, homosexuales.

Quizás la mejor manera de resistir es el desarrollo de nuestro intelecto: ante un argumento sólido, crítico, articulado, se topan y patalean, aunque vomiten todo su patetismo y su acérrimo odio, y se atrincheren en un efecto contraataque con el que se vuelve imposible dialogar. Claro, esto no nos libra de los riesgos de la violencia, por lo que el asunto debe trascender al ámbito legal y político cuanto antes.

Como todo guatemalteco, crecí escuchando, hasta en mi propia casa, frases y sentencias homófobas, a veces disfrazadas de humor, con forma de chistes denigrantes que ensalzaban la “hombría” a partir de la humillación del otro: mujer, indio, hueco…

Debería acoger una bandera para reivindicar la causa, pero las banderas pesan mucho. La de colores simboliza una historia de valentía y lucha que es admirable, pero no cargaré con pabellones de ningún tipo.

Cualquier tipo de adhesión corre el riesgo de engendrar individuos inmaduros y agresivos. Prefiero defender esta condición a través de acciones, palabras e ideas dignas, capaces de demostrar que para ser buena persona, no hace falta saberse la jura de la bandera o el padre nuestro, ni salir a desfilar de morado, de azul y blanco, o de los colores del arcoiris.

 

 

 

 

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