Xibalbaica II

A veces me pregunto si la muerte no será el temor más grande de Occidente y del hombre moderno que engendró: ese hombre empeñado en progresar para superar a todos sus monstruos, incluido a dios. Acaso el miedo a la muerte inició esa carrera delirante por vencerla.

Tal vez debamos a ese miedo, muy racional, los inventos más espléndidos y los avances de la técnica, pero también los procedimientos más crueles. Ciencia moderna y religión tuvieron tal vez un mismo punto de partida, y tal vez una misma meta (y los mismos riesgos): cierta redención de nuestra dolorosa condición mortal.

¿Pero todos los pueblos son parte de esa carrera? ¿Es universal ese afán por superar a la muerte?

Si se puede, tomo una posición naturalista, y considero que en cierto asombro por los ciclos de la existencia y en cierta humildad ante la vida, hay mucho de pensamiento racional y observación científica por parte de muchas culturas antiguas y aún vivas. Nada de religión, por suerte.

Siempre regreso al Popol Wuj, sin caer al juego de aquellos que le adjudican la identidad de “Biblia de los mayas” en el sentido sacro, ritual y quizá hasta folclórico, a lo mejor sin haberlo leído. Lo leo como palabra poética, plasmada con el sentido de dejar, como menciona Humberto Ak’abal, un testimonio de los comienzos del pensamiento humano acerca de las relaciones cósmicas.

Y regreso también al Popol Wuj porque encuentro allí las raíces de las ideas que me han rodeado toda la vida en mi cotidianidad. Sin rendirse a esencialismos o espiritualidades inanes, encuentro aquí ese sencillo “asombro” y conocimiento por ese magnífico fenómeno vital que se termina. Algo así como un libro de biología cuando habla sobre la descomposición de un tejido y la eterna travesía de sus átomos.

Para muchas cosmovisiones no existe el miedo a la muerte, porque no es una lucha contra la finitud. El miedo surge de la posibilidad de caer en el olvido o la crueldad, esa podredumbre de la que solo son capaces los seres humanos en su capacidad para limitar la existencia a continuar naciendo, surgiendo, manando, transformándose con otras formas de vida, no necesariamente biológicas.

El miedo a la muerte proviene de la violencia y el daño con que ésta puede ser “suministrada” por la ambición, la crueldad, el engaño, la avaricia o la soberbia de otros. Dicho de otra manera, por la capacidad (y voluntad) de algunos de hacer “desaparecer” totalmente a otros.

A quienes la vida se le escapa por violencia no mueren, sino  “desaparecen”. No pueden irse, sino se quedan vagando en un círculo vicioso en el dolor propio y en el de sus deudos, incapaces de continuar con el ciclo natural que les corresponde. Por eso es tan importante experimentar los duelos dignamente, y sobrellevar las heridas por medio de procesos de sanación auténticos.

En mi historia y contexto abundan los no-muertos, erran como dolor o venganza, o en forma de memoria arrasada. Espantan. Un testimonio de que los ciclos de la existencia pueden detenerse por la crueldad de nuestros semejantes.

Por violencia se pueden destruir las semillas, los conocimientos, la memoria, los libros, las piedras, los pueblos, los ciclos, los árboles, la vitalidad. Y ante este factor, aparece la inevitable resistencia que muchas veces clamará por justicia, verdad, memoria o perdón. Sanar es un descansar.

En el Popol Wuj, la oralidad o la literatura guatemalteca de todos los tiempos, Xibalba es un lugar común, un territorio arquetípico y simbólico de nuestra epistemología, nuestra historia y nuestro archivo creativo originado en el pre-clásico y quizás más atrás. Como el lugar de la fertilidad, donde resurge la vida, también ha sido el lugar del miedo que debe ser superado cada vez que sus salidas a la superifice, la posibilidad de renacer, son obstruidas por medio del terror.

Más que una descolonización de la muerte, si puede hablarse en estos términos, o de la idea de la muerte, se necesitan esos encontronazos de saberes que puedan proyectarse a una experiencia respetuosa y plena y fascinada por la existencia, por el fenómeno inigualable de nacer todo el tiempo. La poesía lo ha hecho muchas veces. La ciencia también, cuando no está al servicio de ningún interés mezquino.

Quizás todavía se pueda construir una “civilización” desde el asombro y la humildad de existir: esa relación necesaria y cíclica donde la vida y la muerte juegan a la pelota.

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