walden

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Camino y en minutos llego a un bosque. Un bosque que cada día se aleja un poco más, como si estuviera contrayéndose para escapar de nosotros. Camino buscando olvidar la agenda y las preguntas, situar la mente allí, sacarla a pasear y quitarle la cadena, y trato de atender sólo a lo que mis sentidos puedan percibir: rayos de luz cambiándole el color a mis pasos, el humo entretejiéndose con la neblina, de pronto una ardilla, el taladro de un pájaro carpintero, a lo lejos un tecolote, aquí cerca una piedra o una flor, la escarcha morada sobre los surcos de enero, las ruinas de adobe habitada por árboles y olvido, el hongo algodonoso de un elote  que no triunfó, el olor de una casa a tamales tostados y frijol,  el sol a pinceladas haciéndole un bostezo al volcán, llenando de color las sombras; y así, los perros, los puentes de piedra, noviembre, duraznos en flor, domingo de ola, onda, luz… Y para decir gracias gracias, algún burro anunciando que ya son las siete. Y así me hago feliz con mi derecho a ser bucólico, que a nadie le cae mal un poco de romanticismo de vez en cuando. Pese a que intentar escribirlo a lo impresionista es francamente inútil y al regresar a la vida sensata uno se deprima y el romanticismo siga allí, entre cuatro paredes, frente a una pantalla, pero no sea algo tan bonito como allá afuera, de hecho sea algo malo, tal vez muy malo.

 

 

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