Erase una vez, Festival del libro infantil en Xela

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Para celebrar el día internacional del libro infantil, el domingo 2 de abril en la Plaza Japón de Xela se llevó a cabo el 1er Festival del libro infantil. “Erase una vez” fue el título de ésta edición, la cual se unió a la conmemoración global del escritor danés Hans Christian Andersen.  Actividades como cuenta cuentos, clown, teatro de papel, ilustración y el acceso a libros infantiles  convirtieron  el quiosco del parque en un híbrido de escenario y biblioteca al aire libre para compartir el asombro por las palabras, el papel y la imaginación.

Nada espectacular, aparatoso o ruidoso, como muchos otros eventos supuestamente dedicados a los más pequeños. Lo que detona desde espacios como este festival va más allá de un momento de ocio entre libros y trabalenguas, aunque el ocio y el disfrute sean un elemento importante.

Hace un par de años un amigo me invitó al teatro. El Teatro Abril en la zona 1 de la ciudad de Guatemala. Era un domingo a las diez de la mañana. Ingenuo de mí no saber que un domingo a las diez de la mañana en el Teatro Abril de la ciudad de Guatemala es muy probable que se presente un disneisoso  remake musical de la Bella y la Bestia, La Cenicienta o La Sirenita. Ese día era de la Sirenita, y no la del cuento original de Andersen precisamente. Tuve que hacerle frente y jugar un poco a eso de sacar el niño interior para no sentirme tan alienígena. Si después de todo hubiese ido con uno de mis sobrinos, no tendría nada de extraño estar allí. En ese entonces estaba estudiando literatura y una parte de mi estaba contagiada de esa seria academia que por más que se quiera evitar, termina haciéndolo a uno ver con cierto desdén ese tipo de espectáculos. Así que puse en marcha la epojé y mandé al carajo la universidad…

Y me la pasé bien, cantando “bajo del mar, bajo del mar, nadie nos fríe ni nos cocina en un sartén…”

Quizás el montaje y la inspiración del musical no eran el mejor de los teatros posibles, pero lo interesante de todo fue poder ser testigo de una alegría auténtica con la que los niños  vivenciaban la obra y de cómo sus padres, abuelos o demás familiares o amigos se esmeraban por llevarlos a ver la función, en lugar de condenarlos una mañana entera  de domingo a momificarse frente al Disney Channel. La diferencia era mucha. La más grande: compartir juntos la experiencia. Me habría encantado que mis padres, a esa edad, me llevaran a las butacas y que el teatro de mi localidad fuese algo más que un mausoleo.  Recuerdo que al terminar la obra, afuera de la sala, una mujer que a juzgar por su cabello canado sería la abuela, con un canasto de un lado, seguramente después de haber hecho algunas compras, tomó de la mano a sus dos nietos y les indicó que era hora de marcharse a casa. Vi que en la esquina abordaron aprisa el primer bus rojo que pasó, de esos que dan miedo, y así la fantasía retornó, en parte, a la realidad. Recuerdo haber leído que en la película de Disney, la paleta de colores utilizados en las escenas de la superficie del mar son opacos y grises, para contrastarlos con los tonos vivos de  las profundidades llenas de música. Algo así me parecía la diferencia entre aquellas calles descascaradas y el interior del teatro. Los niños salieron al sol como si hubiesen estado, efectivamente, bajo del mar.

Este domingo, en el quiosco de la Plaza Japón de Xela volví a encontrarme con aquel asombro: ese sentido de maravillarse por cosas tan simples como voltear una página, escuchar una rima, una canción o un juego de palabras. El festival “Erase una vez”, organizado en conjunto por las compañías de cuenta cuentos y literatura infantil La Valija y la Cobija, Cuentos y Talentos, el teatro clown de El Mundo de Lucas y con la colaboración de varios actores como Editorial Amanuense, Fondo de Cultura Económica y Pin Pin Sonrisas, creó durando cinco horas un espacio sencillo en su configuración, pero capaz de generar las posibilidades para que cada niña y niño se volviera protagonista en la reinvención de su propia realidad, porque al final de “cuentos”, esa capacidad es una de tantas con las que nos rebalsa la literatura infantil, y la literatura en general.

Más emocionante fue ver la cantidad de papás, mamás, hermanos mayores o abuelos que atendieron a la invitación y llevaron a sus pequeños a encontrarse con los libros y con otros niños. Más que un festival, fue uno de esos brillantes nodos efímeros que en Xela nos han permitido establecer sentidos de comunidad en los últimos años. Si bien aún hace falta mucho por trabajar y compartir, no deja de ser emocionante sentirse parte y participar de iniciativas que desde la cultura siguen haciéndonos jugar a que podemos tener una sociedad resiliente y capaz de ser feliz, de sonreír, aun cuando tenemos todo el sistema en contra. Y cuando esa sensación está llegando a los más pequeños por medio de libros que los hacen reír e imaginar, libros que pueden tomar en un parque, sin distinción ni impedimentos de ningún tipo, creo que se está logrando un impacto honesto en sus vidas.

El festival fue un ejemplo más de pequeñas pero efectivas acciones culturales que sobrepasan al evento, las convocatorias o la imagen de quien lo organiza. Esfuerzos que son fruto de la pasión y la gestión de sus participantes, donde actos tan sencillos como abrir un cuento o escuchar una historia se vuelven acciones ciudadanas verdaderas, porque el nieto y la abuela dejan de ser los espectadores y se convierten en los personajes principales de las historias que leen, relatan, sienten o inventan. No dudo de que a medida que una comunidad cuente con un tejido diverso de acciones y actores culturales, donde la participación sea el componente principal, y donde todos se asuman como protagonistas, se están construyendo las condiciones para un verdadero desarrollo de la creatividad social, por muy arrugado que suene el término “desarrollo”, porque de a poco nos vamos fortaleciendo en la batalla contra la exclusión, la corrupción política y la pasividad.

 

 

 

 

 

 

 

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El átomo cultura

¿Qué misión tiene el gestor cultural en Guatemala? ¿Por qué trabajar desde la cultura aquí?

Seamos los mártires de siempre: más que insumos, no hay apoyo. Ni por un Estado al que le corresponde invertir en cultura tanto o más que en otras carteras, ni por gran parte de la población, a la que con frecuencia poco le importa si no es para entretenerse o aparentar un estatus. Y es comprensible, aunque es elemental, la cultura no se come y tampoco se ostenta. Mientras las urgencias sociales de este país sigan siendo tan absurdamente básicas y tan básicamente absurdas, trabajar desde la cultura seguirá siendo, si no infructuoso, al menos cansado.

Si algo se ha aprendido, es que sin crear comunidades que sepan y comprendan la importancia de la cultura para sí mismas, los proyectos siempre serán insostenibles.

Cuando respiramos en una atmósfera intelicida, donde la educación es mala, la pobreza aumenta y la mayor parte de medios de comunicación y entretenimiento están diseñados para mantenernos en una cómoda pasividad y en una obediencia obnubilada al consumo y al engaño (y ojo, no hablo como opositor hacia un sistema económico, sino como humano hacia toda una maquinaria que nos está pasando factura por la integridad, el medio ambiente, la dignidad, la diversidad, por todo, vaya) ¿Cómo lograrlo?

Lo primero, creo, es polinizar, en una multitud acostumbrada a entender cultura por actividades y eventos sociales pasajeros, la idea de que, de hecho, cultura es esa nebulosa de creaciones humanas que esparcen sentido a nuestro alrededor, necesario para hacernos no solo más inteligentes, sino más sensibles, conscientes, responsables e íntegros, y que activando la memoria, la acción y la imaginación, nos sitúa en un tejido de espacios, momentos y organismos que contribuye al desarrollo social en todas los ámbitos posibles: jurídico, político, socioeconómico, ambiental, educativo… Es como una biósfera.

El actor cultural no es en ningún caso un benefactor. Muchos creen que la cultura se “lleva”, y que al “llevarla” a donde supuestamente no hay, están realizando una labor social, casi un acto de beneficencia. Su trabajo es improcedente y puede rayar con lo insultante.

 

Trabajar desde la cultura es accionar por algo más profundo. Me atrevo a decir que por mantener el impulso elemental de la creatividad encendida desde y junto a la homeóstasis de cada contexto, y a través del asombro concebir de manera colectiva formas de vincularnos, superando el atolladero de prejuicios que nos separan. Con una historia de destrucción por sombra (de la que nunca nos separaremos, porque nos guste o no es parte de nosotros), decir que trabajamos desde y para la creación puede sonar presuntuoso. Pero es verdad. Somos antioxidantes.

Por otro lado los actores culturales no sólo son los artistas. Parece simple, pero tengo la impresión de que es difícil comprender que  la cultura se expande más allá del arte, y por supuesto, más allá del arte concebido nada más como un decorado, un folclor encadenado al turismo o una tendencia unívoca del mercado actual. Una científico, un líder comunitario, un maestro, una activista, un emprendedor o una comunicadora también son comunidades culturales que accionan desde una posición creativa y creadora (y también destructora, en el buen sentido).

Llámesele cultura. O cambiémosla si no nos gusta. El caso es que con esta sustancia se va entreverando nuestro derecho al disfrute y al asombro, con la conciencia y la crítica, la imaginación y la memoria, esas moléculas históricas de relaciones, conocimientos e ideas. Desde allí las acciones culturales van aportando a la ciudadanía, la comunidad y la trama de sentidos que nos unifica en la diversidad que siempre hemos sido. Por lo tanto, también son acciones políticas. Y acaso es por eso que cuesta tanto trabajar.

Texto publicado originalmente en Qué onda Xela