Xibalbaica II

A veces me pregunto si la muerte no será el temor más grande de Occidente y del hombre moderno que engendró: ese hombre empeñado en progresar para superar a todos sus monstruos, incluido a dios. Acaso el miedo a la muerte inició esa carrera delirante por vencerla.

Tal vez debamos a ese miedo, muy racional, los inventos más espléndidos y los avances de la técnica, pero también los procedimientos más crueles. Ciencia moderna y religión tuvieron tal vez un mismo punto de partida, y tal vez una misma meta (y los mismos riesgos): cierta redención de nuestra dolorosa condición mortal.

¿Pero todos los pueblos son parte de esa carrera? ¿Es universal ese afán por superar a la muerte?

Si se puede, tomo una posición naturalista, y considero que en cierto asombro por los ciclos de la existencia y en cierta humildad ante la vida, hay mucho de pensamiento racional y observación científica por parte de muchas culturas antiguas y aún vivas. Nada de religión, por suerte.

Siempre regreso al Popol Wuj, sin caer al juego de aquellos que le adjudican la identidad de “Biblia de los mayas” en el sentido sacro, ritual y quizá hasta folclórico, a lo mejor sin haberlo leído. Lo leo como palabra poética, plasmada con el sentido de dejar, como menciona Humberto Ak’abal, un testimonio de los comienzos del pensamiento humano acerca de las relaciones cósmicas.

Y regreso también al Popol Wuj porque encuentro allí las raíces de las ideas que me han rodeado toda la vida en mi cotidianidad. Sin rendirse a esencialismos o espiritualidades inanes, encuentro aquí ese sencillo “asombro” y conocimiento por ese magnífico fenómeno vital que se termina. Algo así como un libro de biología cuando habla sobre la descomposición de un tejido y la eterna travesía de sus átomos.

Para muchas cosmovisiones no existe el miedo a la muerte, porque no es una lucha contra la finitud. El miedo surge de la posibilidad de caer en el olvido o la crueldad, esa podredumbre de la que solo son capaces los seres humanos en su capacidad para limitar la existencia a continuar naciendo, surgiendo, manando, transformándose con otras formas de vida, no necesariamente biológicas.

El miedo a la muerte proviene de la violencia y el daño con que ésta puede ser “suministrada” por la ambición, la crueldad, el engaño, la avaricia o la soberbia de otros. Dicho de otra manera, por la capacidad (y voluntad) de algunos de hacer “desaparecer” totalmente a otros.

A quienes la vida se le escapa por violencia no mueren, sino  “desaparecen”. No pueden irse, sino se quedan vagando en un círculo vicioso en el dolor propio y en el de sus deudos, incapaces de continuar con el ciclo natural que les corresponde. Por eso es tan importante experimentar los duelos dignamente, y sobrellevar las heridas por medio de procesos de sanación auténticos.

En mi historia y contexto abundan los no-muertos, erran como dolor o venganza, o en forma de memoria arrasada. Espantan. Un testimonio de que los ciclos de la existencia pueden detenerse por la crueldad de nuestros semejantes.

Por violencia se pueden destruir las semillas, los conocimientos, la memoria, los libros, las piedras, los pueblos, los ciclos, los árboles, la vitalidad. Y ante este factor, aparece la inevitable resistencia que muchas veces clamará por justicia, verdad, memoria o perdón. Sanar es un descansar.

En el Popol Wuj, la oralidad o la literatura guatemalteca de todos los tiempos, Xibalba es un lugar común, un territorio arquetípico y simbólico de nuestra epistemología, nuestra historia y nuestro archivo creativo originado en el pre-clásico y quizás más atrás. Como el lugar de la fertilidad, donde resurge la vida, también ha sido el lugar del miedo que debe ser superado cada vez que sus salidas a la superifice, la posibilidad de renacer, son obstruidas por medio del terror.

Más que una descolonización de la muerte, si puede hablarse en estos términos, o de la idea de la muerte, se necesitan esos encontronazos de saberes que puedan proyectarse a una experiencia respetuosa y plena y fascinada por la existencia, por el fenómeno inigualable de nacer todo el tiempo. La poesía lo ha hecho muchas veces. La ciencia también, cuando no está al servicio de ningún interés mezquino.

Quizás todavía se pueda construir una “civilización” desde el asombro y la humildad de existir: esa relación necesaria y cíclica donde la vida y la muerte juegan a la pelota.

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Xibalbaica I

Para muchas culturas la muerte no es una antítesis de la vida. No es, en ningún caso, un fin. Mas bien se trata de un nuevo estado de la existencia, necesario para que ésta siga desenrollándose. Como una espiral, muerte y vida juegan a la pelota, se la pasan una y otra vez. Germinan cada vez que se encuentran. Bien dicen que cada final es un nuevo comienzo, y todo lo que empieza tiene que acabar. Leo la parte mítica del Popol Wuj como una metáfora de esa relación.

Así como todo ser vivo está muriendo, los muertos están latentes, y no muy lejos. Están aquí. De allí que en la literatura maya, oral y escrita, antigua y contemporánea, sea común encontrar esa relación entre la muerte y el viento, la tierra, la piedra, los abuelos, la memoria y los espíritus traviesos. Todos ellos simbolizan la presencia del pasado en el presente, su perenne manifestación que indica caminos, señala errores, advierte desgracias o entrega consejos y sabiduría.

El gran temor no es morir, sino “desaparecer”. Desaparecer equivale a no dejar rastro en la existencia, extinguirse totalmente del universo, transformarse en olvido y no dejar un legado que pueda ser recordado o que detone nuevamente a la vida. En el Rabinal Achi, el guerrero de Rabinal no amenaza a su contrincante k’iche’ con matarlo, sino con desaparecer su tronco y su raíz. En el Popol Wuj, el Xibalba pre-amanecer no sólo es el lugar del miedo, es el lugar de la podredumbre, donde no germina nada. Hasta que los hermanos héroes derrotan a los señores malvados que tienen “tapada” a la muerte, morir deja de ser el descenso infructuoso de la vida, transformándose en algo maravilloso: posibilidad, amanecer y ciclo. De modo que Xibalba también se convierte en el lugar de la germinación y la existencia.

Entonces retoñan las cañas de maíz, las semillas germinan, el sol y la luna empiezan a girar, surge el tiempo, los animales mueren… pero nacen otros. Esta victoria no es el nacimiento de la vida, la vida acaso ha existido siempre, desde que todo estaba en reposo y silencio. Es, de hecho, el nacimiento de la muerte. Y con la muerte la creación comienza a expandirse.

Me gusta pensar que estamos hechos de muerte, las partículas que nos conforman fueron alguna vez parte de otros seres, de otras estrella en este universo mortal en expansión, y que les volverá a tocar recorrer, una y otra vez, ese descenso al abismo.

 

 

 

 

 

Miedo vrs Terror

El pueblo estaba lleno de espantos
Ahora no se ven por ningún lado
Ni se habla ya de ellos
Hay ratos que me dan ganas de llorar
Porque yo los conocí:
Ellos me enseñaron el miedo

Humberto Ak’abal

 

Aunque es difícil definir si el temor se puede dividir en grados y según estos, asignarle un nombre específico a cada uno, por alguna razón en nuestro idioma hay varias maneras para nombrar al temer: horror, terror, pánico, miedo, temor, susto, espanto y muchos otros -casi- sinónimos.

“Casi” porque nací en pueblo guatemalteco y para mí cada uno de estos términos tiene muchos sentidos que podría distinguir. Seguramente en otros contextos pasa la misma cosa, y no es por esa maña, diría Cioran, de encontrar diferencias donde no las hay para complicarnos la existencia.

Sin duda una fuente de temores para la humanidad ha sido y será por siempre lo desconocido. Y en el ranking de lo desconocido no dejará de estar en los primeros lugares la muerte. A ella le debemos nuestros momentos de mayor espanto, pero también de mayor creatividad y gozo. Al menos eso me queda claro ahora que Noviembre nos colma con su llegada. Esa presencia, tan próxima y enigmática, nos fascina y horroriza al mismo tiempo. Si sabemos “conversar” con ella, nos otorga vivencias tan valiosas donde la memoria y la imaginación conforman una especie de sabiduría elemental. Si no queremos ni oírla mentar, nos acecha, efectivamente, como un espectro del que no podemos escapar.

La muerte y el miedo tienen mucho qué ver. Y depende de su posición en una ecuación muy sofisticada si su relación es ominosa o no para nuestra propia experiencia. Regreso a mi niñez para tratar de explicarlo.

Desde muy pequeño aprendí que el miedo es un alimento necesario. En otras palabras, el miedo es una experiencia vitalizadora. Te construye y te hace más sensible, aunque a veces te haga daño. Si sabes apreciarlo, incluso intensifica tu capacidad de relacionarte y cohesionar con los otros. Es el miedo, o más bien “susto”, para usar mis términos cotidianos, que se siente ante el temblor de tierra, ante el silencio helado en medio de la montaña o frente a un “espanto”, por poner algunos ejemplos. Un miedo que habla del pasado y obsequia un mensaje, un consejo o una advertencia. Sólo que cada vez más vamos olvidando su lenguaje. Todos ellos tienen algo en común: provienen de la muerte, pero concebida como una finitud engarzada a un ciclo natural de la vida.

Y no es que me esté metiendo a ocultismos. Nada más hablo de mi propia experiencia, y si no convence es porque, testarudo, busco explicar lo inexplicable. Allí tienen a los poetas, a Ak’abal, plasmándolo mejor que yo.

Por otro lado, está el temor perverso. Lo llamaré “terror”. Este inmoviliza, destruye y desvincula. Qué conveniente sería si matar fuese su mayor objetivo, pero va más allá: es capaz de destrozar la vida, la propia y la colectiva, porque la muerte que el terror reparte no pertenece a un ciclo. Se hace acompañar de la violencia y el odio, puede tener forma de guerra, abuso, exterminio, inseguridad, secuestro, genocidio, asesinato, olvido… El terror causa daño e insensibiliza, pero sobre todo, vulnera y domina. ¿Los poetas?, no, esto vez la historia es más eficaz para demostrarlo. Al menos la guatemalteca.

Por eso miedo y terror son diferentes. El primero manifiesta el devenir de la vida y por lo tanto, de la muerte; el otro consiste en la desaparición de esa relación vital.

Profundicé en este tema en mi trabajo de grado sobre literatura guatemalteca, o xibalbaica si se le puede cambiar el nombre a este país. La destrucción y la creación son nuestro pan de cada día. Tal vez por eso cada amanecer es verdaderamente una victoria.

 

 

Ver morir al cisne

Hermano mío, en el impulso errante,
nunca sabremos nada…

Porfirio Barba Jacob

Una lectura de Las Noches en el Palacio de la Nunciatura como el fin del modernismo y el inicio del absurdo en la literatura guatemalteca.

Rafael Arévalo Martínez (1884-1975) es considerado uno de los máximos exponentes del modernismo en Hispanoamérica y el representante más importante de este movimiento de finales del Siglo XIX en Guatemala. Ya que su obra se gesta en la primera mitad del siglo XX, algunos críticos como Seymeur Menton lo consideraron un modernista tardío. No obstante, se puede afirmar que la obra literaria de Arévalo Martínez, dividida a su vez en varias etapas escriturales, va más allá de una etiqueta temporal. Arévalo Martínez habitó el modernismo desde una faceta muy única y original, un modernismo propio que al mismo tiempo lo ha vuelto un escritor universal, aunque el reconocimiento de su obra todavía sea limitado a sus cuentos más representativos.     

Al hablar de Arévalo Martínez como modernista, hay que tener claro que, como menciona Albizurez (1982), la sensibilidad arevaliana no se adscribe a un modernismo dariano y de otros autores de la época, ya que el estilo ágil de Arévalo, sin excesivos adornos, produjo obras liberadas del preciosismo y el exotismo inicial del movimiento.   

El modernismo hispanoamericano tiene sus orígenes en el decadentismo y el simbolismo francés de las últimas décadas del siglo XIX. Este último se reconoce como la mayor influencia de lo que más tarde se llamaría modernismo en el continente. El término fue utilizado por primera vez por el mismo Rubén Darío en 1890 en un artículo sobre Ricardo Palma, para referirse al novedoso espíritu con el que un grupo de escritores de Hispanoamérica había comenzado a destacar. Si bien debieron pasar algunos años para que el término “modernista” se liberara de una connotación peyorativa, (a saber: la supuesta decadencia de la creación poética, en tanto menosprecio por las cosas antiguas y el estereotipo de una vida licenciosa, improductiva y degenerada), el modernismo se consolidó como el eslabón que une a las ideas de una época, testimonio, entre el preciosismo de sus “altos vuelos”, del impulso de la sociedad burguesa y el sistema capitalista. (Rodríguez-Lozano, D. 1990)

Octavio Paz (1974) enfatizó que el origen del modernismo y su influencia se explican en un nuevo siglo que se presenta muy hostil a la poesía y la creación artística. En medio del auge de la ciencia y la técnica como baluartes de un positivismo dogmático que amenazaba con dejar un vacío espiritual en la sociedad, el modernismo, más que un movimiento cosmopolita, intentó ser un estado del espíritu para responder desde la sensibilidad a la fría realidad con la que el siglo XX comenzaba. Rodeados de los nuevos valores que a su paso dejaba el desarrollo de la sociedad industrial, pero al mismo tiempo encandilados ante sus grandiosos avances, los modernistas emprendieron luminosamente un camino poético de responder a las interrogaciones y llenar el vacío que ese nuevo mundo del positivismo no podía llenar, vacío ante el cual tampoco se encontraba un asidero en la religión cristiana.

Para Rodríguez-Lozano, esto explica que durante el modernismo sus actores se hayan aferrado a otras formas de “explicar” los misterios del universo, no apegadas ni a la religión hegemónica ni al pensamiento positivista castrante para las “almas poéticas”. Por tal razón, ciertas doctrinas espirituales, creencias y sincretismos religiosos-científicos de mediados del siglo XIX encontraron aquí un suelo fértil para resurgir. El espiritismo, la teosofía, el ocultismo y otros pensamientos esotéricos marcarán así la escritura modernista, no sólo como sistema de pensamiento sino como materia y forma de creación poética, así como de resistencia ante las preocupaciones de la época, una de ellas: la continuidad de la búsqueda de una “verdad superior”.       

La obra de Arévalo Martínez no es ajena a estas preocupaciones espirituales del fin del siglo XIX. Sus cuentos con protagonistas alter-ego que recrean personalidades intelectuales pero decadentes, ensimismadas e incomprendidas en su incapacidad de separar la realidad de lo ideal, la mayoría de ellos construidos desde el recurso piscozoológico que caracteriza su literatura; sus narraciones con herméticos elementos ocultistas, sus novelas fantásticas que han sido llamadas “utópicas” en algunas reseñas y sus biografías noveladas de dictadores poseen un bagaje modernista que, razonable desencanto, está condenado a languidecer. Dicho desencanto y nostalgia están representados en una obra casi olvidada por la crítica que representa ese quiebre que hace que el modernismo se transforme en existencialismo en la obra de Rafael Arévalo Martínez y acaso en la literatura guatemalteca: Las Noches en el Palacio de la Nunciatura, publicada en 1927.

Con anterioridad se ha mencionado que la obra de Arévalo es un tránsito entre el modernismo y las vanguardias literarias en Hispanoamérica, donde lo íntimo, onírico, absurdo y la experimentación son los elementos de un escritor que se adelanta a su tiempo, adquiriendo rasgos expresionistas y surrealistas. Incluso se le ha considerado un precursor del posmodernismo y un exponente de la literatura de lo absurdo. (Noguerol, F. 2015)

En esta línea, el ensayo busca reflexionar si la novela de Árevalo Martínez puede ser considerada precursora del existencialismo en la narrativa guatemalteca.

La novela recrea la segunda visita del Señor Aretal (Porfirio Barba Jacob) a Guatemala y la aparición de un tal José Meruenda, quien se hospeda durante veinte días en la casa del narrador protagonista, Manuel Aldano, recurrente alter-ego del autor. El trasfondo real de esta historia es brindado por Teresa Arévalo, biógrafa de su padre, quién rememora la ocasión en que el escritor dio posada a un hombre gordo de El Salvador, “El Señor Coto”, cuya presencia en casa suscitó ciertos hechos extraños y muy incómodos, difíciles de precisar. De tal forma, el escritor aprovechó nuevamente una circunstancia real para crear una de sus obras más enigmáticas y oscuras, además de divertidas.

Más allá de los elementos autobiográficos y del interés del escritor en el ocultismo y el espiritismo, para Acevedo (1988), quien ha sido uno de pocos en abordar esta obra, basándose en Wolfgang Kayser, menciona que Las Noches en el palacio de la nunciatura pertenece al género de lo grotesco y absurdo, donde un clima sombrío de desorientación, un tanto pesadillesco, de horror, vulgar, ridículo y fantásticamente distanciado, se entremezcla con problemas filosóficos-existenciales, jugando al mismo tiempo con la belleza y los sublime, como un juego entre lo angelical y lo diabólico. Para este crítico, toda esta construcción, sin hilo argumental que dé coherencia al texto, es solamente la superficie de una literatura de lo absurdo donde ya se visualiza cierto existencialismo, precisamente porque en el modernismo se experimentan los cambios desencadenados por la instauración del mercado capitalista, donde el artista es relegado a una posición marginal y ambigua. Regido por la eficiencia y la utilidad, el mundo burgués ignora, o al menos ya no comprende “como antes”, al poeta, que por lo tanto se manifestará literariamente desde su ausencia del lugar privilegiado que antes ocupaba.  

Por su lado, Salgado (1971) expresa que la novela es una parábola de lo que sucede cuando el hombre se deja dominar por su lado animal y sus instintos, enemigos de la parte espiritual. Sin embargo, esta observación no parece suficiente y solo señala una de las preocupaciones más superficiales reflejadas en la novela: la debilidad de la mente ante la fuerza de los instintos y la lujuria, tema que puede ser interesante para un abordaje psicoanalítico.

12 arévalo martínez - las noches en el palacio de la nunciatura

Rafael Arévalo Martínez fue un escritor influenciado por cuatro cosas que le hicieron el escritor que fue: su constitución física enfermiza y débil, que junto a su neurastenia configuraron una personalidad dirigida, por un lado, a la introspección y la espiritualidad, donde los ideales de la belleza y la poesía juegan un papel preponderante, y por el otro, a una oscura sensualidad reprimida que aparece constantemente en sus narraciones como destellos un tanto difusos de erotismo. En segundo lugar está el contexto social de gobiernos dictatoriales, especialmente los años de la dictadura de Manuel Estrada Cabrera (1898-1920) y de Jorge Ubico (1931-1944); en tercer lugar sus lecturas predilectas, entre las que figura el pensamiento de Nietzsche. Por último, su contacto y amistad con célebres poetas hispanoamericanos que visitaron el país en su momento, como Rubén Darío, Gabriela Mistral, José Santos Chocano o el mismo Barba Jacob.

La obra de Arévalo Martínez será influenciada por la estrecha amistad con este último, pseudónimo entre tantos otros del poeta colombiano Miguel Ángel Osorio, afecto que algunos críticos mencionan pudo haber rayado en una relación homosexual y que es relatada por primera vez en el cuento El hombre que parecía un Caballo, posteriormente en El Trovador colombiano y nuevamente en Las Noches en el Palacio de la Nunciatura.

La novela aparece en la bibliografía del autor después de catorce años en los que según Arévalo Martínez escribió poco y lo que escribió no fue de la calidad del cuento que le hizo famoso, debido a problemas físicos que le impidieron contar con la disposición mental para crear como entonces lo hizo. Esta es precisamente una historia posterior en la vida de aquellos protagonistas: Manuel Aldano (su alter ego) “El poeta flaco, maliciente, exangüe (1998, p. 7), y el “señor de los topacios”, Aretal (Porfirio Barba Jacob). La diferencia radica en que en esta historia aparecerá un tercer personaje, grotesco y abominable, que volverá a unir sus vidas por medio de una serie de acontecimientos fantásticos y obscenos: un hombre proveniente de El Salvador llamado José Meruenda.

La novela está dividida en dos partes, en la primera se relata la extraña y estrafalaria estadía de Meruenda en casa de Aldano, quien le ha permitido alojarse en su casa con cierta lástima y simpatía por veinte días. Durante este periodo, el salvadoreño demostrará una personalidad donde la voracidad, la cleptomanía, el rumor de su pedofilia y hasta un primer esbozo de sus dones espiritistas pone en alerta a la familia Aldano.

La segunda parte sucede tiempo después: Aretal, el señor de los Topacios, está de regreso en Guatemala, proveniente de Heliópolis. Jubilosos por el reencuentro, la relación de los poetas se enciende nuevamente y centelleos de lo que sucedía en El hombre que parecía un caballo reaparecen en la narración: “Y Manuel revivía su pasado, se acordaba de su apegamiento al señor de los topacios, de aquellos días en que se olvidó hasta de su mujer y de sus hijos por tener el gusto de hablarle(1988, 41).

Aretal coincide en haber conocido a Meruenda en Heliópolis. A sabiendas de la estadía del salvadoreño en casa de Aldano, le relata las peripecias del hombre gordo de las que él, dos colegas y un sirviente indígena fueron testigos en su lujosa habitación del edificio que alguna vez fue destinado para ser el palacio del nuncio pontifical.

El personaje de José Meruenda convierte a esta novela en literatura fantástica. A pesar de su apariencia bonachona, carismática e inocente, así como cierta ternura canina, resulta ser un hombre con una diabólica aura, perseguido por fantasmas y poseído por una especie de peligrosa entidad que genera ruidos extraños y hace levitar objetos, provocando el horror de los presentes. Sin embargo, al final de la novela estas características sobrenaturales quedan empequeñecidas por una serie de defectos más humanos como la gula, la lujuria y la avaricia, puesto que Meruenda termina por ser perfilado como un farsante, bribón, ladrón de identidades y arribista, capaz de encantar con una habilidad sobrehumana a personajes influyentes que le otorgan dádivas y posiciones de poder dentro de la aristocracia heliopolitana.

La obra finalizará en un nuevo “intercambio de joyas“ entre Aretal y Aldano, cuya conversación es un recorrido por temas filosóficos y existenciales que se centran en la debilidad humana y la imposibilidad de encajar realidad e idealidad, así como de alcanzar “la Verdad“ en un mundo material que abandona a su suerte cada vez más a sujetos como ellos, un mundo donde no existe Dios y se está solo. Abstraídos, los dos poetas se entregan a la desesperación y es Aldano quien, asido de su religiosidad cristiana, se aferra a una patética esperanza.  

Si bien Acevedo señala que no existe un hilo conductor, se rebate esta idea situando a Meruenda como ese hilo conductor en el tema que subyace en esta novela: el fin del modernismo, entendido como el fin de un movimiento cultural que se afincó en los ideales de la belleza y la poesía como posibilidad de alcanzar cierta divinidad, pero que al mismo tiempo se vendió, como muchos poetas de la época lo hicieron, al materialismo creciente, echando a los derrotados a un terreno de cuestionamientos sin posibilidades luminosas de abordarlos. Meruenda abre un mundo nuevo cargado de infaustas certezas a los dos distinguidos poetas, muy diferentes entre sí, pero que comparten el mismo anhelo intelectual y espiritual de su quehacer. Crean en el dios cristiano como Aldano o no crean en él como Aretal, la experiencia con Meruenda será la guillotina para los anhelos de ambos, la certeza de su insalvable incomprensión del universo, de que la verdad es inalcanzable, acaso inexistente, y de su soledad. Se inicia así el derrotero hacia el absurdo y el existencialismo en la literatura guatemalteca, aunque el modernismo se haya quedado como un disfraz ególatra de provincia.

El auténtico modernismo está presente en la obra pero como un remanente, un recuerdo nostálgico y patético en los personajes de Aldano y Aretal, quienes desencantados y nostálgicos asumen el papel de cisnes como en una obra de teatro anacrónica, y el mismo lenguaje modernista ya suena desfasado en sus propias lenguas, quedándoles como único asidero sus antiguos poemas. Éstos personajes son excéntricos, símbolos mismos, contenedores de magia, llenos de joyas y cristales, azules, aristócratas de la palabra, decadentes a la fuerza, sensuales, eróticos, de cierta idiosincrasia noble. Idealista y espiritual  Aldano, y un tanto dandi, con gusto por lo suntuoso y la lujuria Aretal. Pero no deja de reflejarse en ambos un sentimiento de lejanía a aquellos ideales azules, así como de vejez y frustración.

Esta nostalgia alcanza su máxima expresión en los fragmentos reales de la obra de Porfirio Barba Jacob (Aretal) que Arévalo Martínez inserta en su historia. Se trata de los poemas “Canción de la noche diamantina”, “La estrellas de la tarde” y “Aquarimántima”:   

Y al fin quietud… el mortuorio túmulo,

loas lúgubres, flores, oro póstumo,

y, en mármol negro, el numen desolado.

Con sus manos violáceas, en la tarde riente,

ya mi ansiedad la Muerte apaciguó.

Alguien diga en mi nombre, un día, vanamente:

No! ¡No! ¡No! ¡No!

(Barba Jacob, Porfirio. Canción de la noche diamantina)

 

Todo inquirir fracasa en el vacío,
cual fracasan los bólidos nocturnos
en el fondo del mar; toda pregunta
vuelve a nosotros trémula y fallida,
como del choque en el cantil fragoso
la flecha por el arco despedida.
Hermano mío, en el impulso errante,
nunca sabremos nada…

(Las estrellas de la tarde)

 

En esa sentencia: “Nunca sabremos nada”, repetida como un ultimátum, el lector descubre que los personajes lamentan el desvanecimiento del azul.

Y sobre la base de aquella percepción de la terrible verdad relativa de que nunca podrían poseer la verdad absoluta, elevaron su castillo de ensueños aquella tarde, su ´acuarimántima´ ideal(1988, 91).

Aferrado a su propio poema, Aretal añora el mejor momento del modernismo, donde el ideal espiritual y poético del movimiento estaba en auge y parecía poder salvarlos de su infranqueable condición humana.

…Y fui, viajero de nivoso monte
y umbría roza de maíz, al valle
que da a la luz su fruta entre su llama:
había miel de filtros de sinsonte
que derrama canción de rama en rama.
Y el mar abierto, a mí divinamente
su honda virtud hizo afluir entera:
gusté su yodo… y la embriaguez ignota
de no sé qué sagrada primavera
bajo la paz de una ciudad remota.
Fulgía en mi ilusión Acuarimántima.

(Barba Jacob, P. IV. Acuarimántima)

 

Desde el punto de vista psicozoológico, del cual Arévalo Martínez es precursor,  Aretal, el señor de los topacios, el hombre que parecía un caballo, sigue pareciéndose a un caballo, comportándose de acuerdo a su jinete, al compañero que le cabalgue, con esos ojos y ese cuello y ese tamaño y esa forma de caminar siempre equinos para la percepción de Aldano. Pero ya no es el único que tiene en esta obra ese animalismo. Por ejemplo, Aldano, como en otros cuentos, se representa como un ave, grulla, garza o cisne, amante de la belleza pero frágil como el cristal, con la apariencia de quebrarse en cualquier momento. Andrea, su esposa, delicada y arisca, se asemeja a un gato ante el canino voraz al que se equipara Meruenda.

Destaca la comparación de Meruenda con un perro, dueño de un salvajismo ante la comida y de una ternura y simpatía encantadora. Incluso duerme  en la alfombra al lado de la cama de Aretal con tal de sentirse acompañado. Pero esta condición canina es sobre todo una cualidad perversa y rastrera, capaz de colocarse una máscara para despertar compasión y así convencer (o engañar) a otros para ser auxiliado, alimentado y agasajado.

…una trompa prehensil, succionante, alargada…. Y brutal, sí, brutal porque no era humana, era de bruto. […] aquella trompa horrible: era Meruenda. (1988, 27) Meruenda se esponjó y sacudió como un perro de aguas después del baño. (Ibid.,51), …y el pícaro Meruenda, olvidándose de su condición perruna, la pagaba el maldito. (Ibid., 52), y ya me preparaba a mover el botón que dejaría en la penumbra e iría a provocar las protestas de mi perro Meruenda (Ibid., 54). Y el horrible Meruenda se acercó a mí y quiso lamerme, y quiso lamerme las mejillas… Después cayó convulsionando  sobre el pavimento, en un terrible ataque de epilepsia. (Ibid., 69).[1]

Así se narra de forma subrepticia el fin de un movimiento cultural: el modernismo. Son sus símbolos zoomórficos: el ave, grulla garza o cisne, bello y delicado (Aldano); el caballo maldito, sensual y decadente (Aretal); y el perro voraz que devora al mundo, fiel a quien le alimente y le otorgue comodidad (Meruenda).

De esta manera, Meruenda puede ser concebido como el lado perverso del modernismo. Es el personaje que se aprovecha y se aleja del estado poético y espiritual del movimiento (quizás idealizado al extremo por Aretal y Aldano), y que lo destruye al venderse al sistema burgués, ya que es un personaje arribista que consigue fortuna a base de farsas, escribir panegíricos a personajes poderosos que le otorgan posiciones elevadas dentro de la diplomacia, enredándose con mujeres ricas y que incluso recurre al plagio (le roba un poema a Aretal), transformándose así en una luminaria y héroe de provincia (en El Salvador) que consigue la vida aristocrática, lujosa y cosmopolita de poeta laureado. Para Aldano y Aretal, es la degeneración del ideal modernista por la fama, lo insulso y lo superficial. Absorbido por el materialismo y el sistema capitalista, donde son los bajos instintos y no los ideales espirituales los que cuentan, Meruenda es la animalización del poeta modernista corrupto y rocambolesco, bajo cuya sombra cayeron en su momento personalidades como un Darío, un Gómez Carrillo o un Santos Chocano:

El maravilloso Meruenda, cuando lo dejé Heliópolis, manejaba los green-backs a espuertas; se había enredado con una viuda millonaria. La última vez que lo ví, en un gran baile para Navidad, en el Club de la Aristocracia, parecía el joven hijo de un millonario yanqui. […] ¡Que prestancia había en la mirada llena de dignidad y de insolencia con que me midió de los pies a la cabeza y volvió la cara desdeñosa!  (1988, 84).

Desilusión y patetismo, melancolía y desazón por nunca poder alcanzar la verdad y la cumbre del estado espiritual modernista serán el nodo central de la última conversación entre Aretal y Aldano. Después de los acontecimientos absurdos experimentados junto a Meruenda, solo queda un sentimiento existencial de derrota:

Nunca sabremos nada […] aquel fue el resumen tremendo de las filosofías de toda su vida de inquirimiento de la verdad, a los cuarenta años de sus existencias conturbadas […] No…. No…. No…. No…. […] Yo siempre comprendí la unidad de todo […] Y el arte, el amor, la bondad, la conciencia del hombre, que es la conciencia de la tierra, todo lo que es manifestación del espíritu[…]¡Qué vanas, verdad, nuestras distinciones! Nos llamamos príncipes de las letras, genios, beneméritos… […] Vana distinción la de los títulos que se dan los hombres, en el fondo son tan semejantes como las hojas de un mismo árbol, entre las cuales no hay idénticas y todas son parecidas. (1927. Pp. 91 – 93).

La búsqueda de la belleza de los ideales parnasianos de Aldano y el decadentismo poético de los símbolos de Aretal parecen ahora una disfraz viejo, memoria de una época sensual donde se ataviaban de joyas.

Y pronto Aldano, el poeta místico, y Aretal el poeta maldito, parecieron restregar sus espíritus uno contra el otro y se sintieron semejantes como dos gotas de agua del mismo océano. (1927, 93).

Las experiencias “astrales” que les elevaran en su momento son ahora una caída en el tiempo, en una época donde la materia, el positivismo y el capitalismo opacan la capacidad creadora del hombre e incluso, propulsan su destrucción en medio de las guerras, el hastío y un sentimiento de soledad:  

Dos seres inteligentes, ávidos del conocimiento y alejados de la verdad, que tal vez no poseerían nunca, recordando amorosos sus pequeñas verdades parciales, que los identificaban lo mismo con el perro, que con el héroe y el Santo […] Toda su sabiduría, todo su dolor, toda su conciencia de hombres de cuarenta años en nuestro terrible siglo de transición, no habían tenido su expresión completa, porque la morfina y el alcohol en Aretal, la sensualidad y la enfermedad en Aldano, opacaban sus cristales de lámparas maravillosas, y faltos de aceite languidecían los pabilos humeantes. (1988, 95).

Su única anestesia ante ese dolor, la poesía, también ha cambiado. De la posibilidad modernista de ser el vehículo hacia los olimpos de las esencias, la unidad del toda y la belleza, se ha convertido en la constancia del sufrimiento y abandono del hombre.

El hombre es el animal más enfermo del planeta. Y nuestros vicios. Bueno: Basta ya. La humanidad ha trazado colectivamente el cuadro de nuestra pequeñez […] Pasemos al de nuestra grandeza. De esa se han encargado los sacerdotes y los poetas […] Ser consciente es sufrir. (1988, 98,99).

Las noches en el palacio de la nunciatura puede ser leída como una metáfora de la decadencia del modernismo y por lo tanto, como el testimonio de una época de transición vivida y experimentada desde la provinciana y aparentemente apartada del mundo Ciudad de Guatemala. Dicha decadencia se expresa en dos sentidos: como critica irónica al poeta corrupto modernista, encarnado en Meruenda, y como desenmascaramiento a aquellos poetas que, queriendo aferrarse a sus ideales, sólo consiguieron caer más fuerte en un nuevo terreno y época donde el absurdo, el sin sentido y el desencanto son los nuevos prismas poéticos de la historia.  

¡Ay!, y ambos caían de nuevo en tierra a arrastrase y perecer, y se encontraban dolorosamente mortales. ¡Ellos, que unos minutos antes disfrutaban de una vida eterna en el seno de la felicidad! (1927, 44).

Las noches en el palacio de la nunciatura se publica en 1927, si bien el cuello de aquel cisne patético se dilató por muchos años más (hasta la actualidad), en esta joya del corpus literario de Rafael Arévalo Martínez queda registrado el inicio de una nueva época en la literatura guatemalteca que no pasará expresamente por la etapa del criollismo: el salto al existencialismo y la literatura de lo absurdo, producto de una nueva configuración global donde el ser humano queda a merced de su propia crueldad y que es constancia, una vez más, de la universalidad de su autor.   

 

[1] Existe una similitud en esta psicozoología de Meruenda como “el perro” con otra creación de Arévalo Martínez. En el cuento El trovador colombiano, el personaje, un poeta y orador colombiano, León Franco, igualmente está correlacionado a los caninos, pero desde un enfoque de abandono y tristeza. “Cuando conocí aquella alma nobilísima de piafante corcel del señor de Aretal, conocí también la pobre ánima de perro callejero, de León Franco; la pobre ánima de can sin dueño, mutilado y triste…”  (Arevalo Martínez, Rafael. El trovador colombiano. 1997, 22). León Franco también es un hombre obeso como Meruenda (con “Cara de nalgas”) cuya gordura es un factor que, siendo un desconocido, motiva a Manuel Aldano a recibirlo en su casa. “Me ha pasado muchas veces, generalmente con hombres gordos; siempre con hombres bien proporcionados y sanos; nunca con los seres pálidos y flacos que temía César; ¡los amos  primera vista y me dan una gran sensación de confianza! Todo mi ser descansa en sus rostros gruesos y se ensancha en sus vientres anchos. Yo no temo a los gordos. Nunca son muy malos. No pueden serlo: les pesa el vientre” (El trovador colombiano, 1997, 28).

 

Bibliografía:

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Arévalo Martínez, R. (1997) El hombre que parecía un caballo y otros cuentos. Edición Crítica Dante Liano coordinador.Madrid.

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