Ser como el Bosque, como el Agua

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#LaMarchaporelagua ha llegado a la ciudad capital. Para variar, imagino a un Bosque en movimiento, un bosque que camina y grita y se adentra entre el asfalto y el concreto, que decidió hacerse de pasos, y voz, para exigir justicia y demostrar que la dignidad de su mayor tesoro, el agua, se defiende. El Bosque y el Agua son símbolos de una identidad que sobrepasa las divisiones étnicas y sociales que nos separan, y que están implícitos en nuestros nombres y en nuestras conciencias, en nuestra diversidad. Y no me refiero a símbolos de la pedantería nacionalista y vacía. Por símbolos pienso en esos elementos cargados de significados auténticos, compartidos y que otorgan sentido a nuestras batallas, a lo que hemos sido, somos y podemos ser. Son redes. Agua y Bosque han jugado un rol importante en nuestra conciencia cultural, aunque individual y colectivamente esa conciencia choque con la contradicción y el reto de la coherencia. Sin embargo, si bien es un hecho que cada uno de nosotros debe ser responsable, que un Bosque se ponga en movimiento es porque de poco servirá nuestro compromiso individual para proteger el agua (los hogares guatemaltecos representamos solo un 2.8% del total de consumo de agua en el país) si sigue habiendo un sistema de impunidad e injusticia que la contamina, la desvía, la acapara, la consume, la lastima, la privatiza, la explota, la mata.

Si hay un Bosque que camina, es porque se volvió urgente recordar que el agua no es un recurso, una mercancía o nada más un derecho. Lejos hay que dejar esa terminología cuando hablamos de agua. El agua es vida y eso debería ser suficiente para protegerla, conservarla y distribuirla equitativamente.

¿Por qué el agua es tan importante? Podríamos seguir hablando de su “magia”, que al final, como lo dijo alguna vez Loren Eiseley, si hay magia en este planeta, está guardada en ella. Sin embargo hay mucha gente que ya no se deja encantar.

Partamos de un dato repetitivo: el peso corporal de la mayoría de organismos es de 60 a 90% agua. Ahora vamos más allá: el agua conecta y es conexión, sus moléculas se atraen entre sí, pues están unidas por enlaces de hidrógeno que permiten que el agua posea cohesión. Esta cohesión cumple una función importante en la vida de todos. Un ejemplo botánico: para que el agua absorbida por las raíces de una secuoya de noventa metros llegue a sus hojas, los enlaces de hidrógeno que unen a las moléculas de agua son más fuertes que su propio peso dentro de los conductos de la planta. Es una cadena que no se rompe. Sin esa cohesión, la vida en la Tierra sería distinta a como la conocemos, si es que estuviéramos aquí para conocerla.  Pero las moléculas agua no solo interactúan entre sí, también se relacionan con otras al ser uno de los mejores solventes; es decir, al ser una sustancia que disuelve, el agua sintetiza muchas moléculas que son importantes para la vida: proteínas, sales, dióxido de carbono, oxígeno, carbohidratos… Nuestra sangre está constituida de plasma, y el plasma es principalmente agua en la que se disuelven proteínas, nutrimentos y desechos. El agua está presente en muchas reacciones químicas que suceden en el interior de las células vivas, uno de los mejores ejemplos es la fotosíntesis, que ocurre cuando la molécula del agua se rompe y la planta la libera al aire en forma de oxígeno. Magia.

Hablé de nutrimentos. Estos son elementos y moléculas que forman los “bloques constructores químicos de la vida”. Algunos de estos se requieren en pequeñas cantidades, como el zinc, el hierro o el yodo. Y otros, los macronutrimentos, en grandes cantidades: como el carbono, el fósforo, el calcio, el oxígeno y claro está, el agua. Estos nutrimentos se mueven en ciclo o “rutas”. De los sitios de almacenamiento o depósitos,  a través de procesos diversos, pasan a los ecosistemas y vamos de vuelta… De esta manera existen los ciclos del fósforo, la ruta del nitrógeno, del carbono y la ruta del agua o ciclo hidrológico. Lo vimos en la primaria por medio de láminas coloridas: el principal depósito del agua es el mar y ésta viaja, a través de la atmósfera y gracias a la energía térmica solar, en forma de nube, a los depósitos en lagos, ríos y mantos acuíferos, a donde por gracia y gloria de  la gravedad, cayeron como lluvia o nieve, y así va de vuelta otra vez a los océanos.  Si bien es fundamental para la vida, a diferencia de los otros ciclos de nutrimentos, los seres vivos tienen aquí un pequeño papel. El ciclo hidrológico continuaría incluso si la vida terrestre hiciera catapum, pero desapareceríamos sin él. Como resulta que la vida está aquí, y con especial protagonismo la humana, el agua es un elemento vital, pero también social y por lo tanto es un derecho. No es redundancia: el 97% del agua total de la Tierra está depositada en los océanos (y es salada), el 2% está congelada y sólo el 1% es agua dulce (y ya somos más de 7000 millones de humanos, más los otros seres vivos que la necesitan). Del agua que cae al suelo por precipitación, una parte se evapora allí mismo; otra, mínima, es consumida por los seres vivos; otra, sigue su curso por los torrentes hacia el mar y una pequeña cantidad entra a depósitos subterráneos: los mantos acuíferos. Lamentablemente este mundo de sedimentos empapados está siendo sobreexplotado para suministrar agua dirigida  especialmente al riego. “Minados”, el agua de los los mantos freáticos se saca más rápido de lo que se vuelven naturalmente a llenar. Junto a esto está la contaminación, el cambio climático y los patrones excesivos de consumo, que no necesitan más explicación. De esta manera sucede la paradoja: lo inagotable, se agota.

El ciclo hidrológico es importante para la vida terrestre porque restaura el agua dulce que necesitamos para Vivir: recordemos la cualidad solvente del agua, a través de ella pasan los nutrimentos y ninguno de estos puede entrar o salir de nuestras células a menos que se disuelvan. Esa sería la explicación científica de su importancia.

¿Qué sucedió? interferimos en el funcionamiento de los ecosistemas y los ciclos naturales. Empezamos a actuar de manera cada vez más independiente de estos procesos. No hace falta repasar lo que comenzó a partir de la Revolución Industrial, pero si lo vemos desde la perspectiva de haber perturbado las rutas de nutrimentos globales de nitrógeno, fósforo, carbono y azufre, sobrecargándolos, lo entendamos mejor y veamos la relación que ésto tiene con una industria destructiva como la de la palma aceitera o el caprichoso desviamiento de ríos:

Por ejemplo, se interfirió en el ciclo del carbono, lo que contribuye al calentamiento global, al quemar desmedidamente combustibles fósiles como petroleo, carbón y gas natural, que no son más que la energía de la luz solar prehistórica liberada a la atmósfera en casi dos siglos de “progreso” humano. Sólo dos siglos. Dicha energía fue almacenada durante millones de años en los sedimentos subterráneos, donde los cuerpos de organismos quedaron enterrados y se escaparon a la descomposición, ya que gracias al calor y la presión se trasformaron en fósiles. Si lo sumamos a la deforestación (los árboles procesan el carbono, son parte de su “ruta”) el calor aumenta inevitablemente.

Por su lado, al sobrecargar los ciclos de nitrógeno y fósforo, se comenzó a dañar los ecosistemas acuáticos. El amoniaco, los nitratos y el fosfato de los fertilizantes químicos estimulan el crecimiento de las plantas para satisfacer las supuestas demandas agrícolas de una población en aumento (una población que por un lado desperdicia los alimentos y por el otro se muere de hambre). Pero el agua, en su ciclo hidrológico, disuelve los fertilizantes y los drena a lagos, ríos y océanos, perturbando el equilibrio de las redes tróficas al sobreestimular el crecimiento de fitoplancton. El lago azul y prístino se vuelve verde y opaco, triste destino de las maravillas naturales y de nuestro corazoncito nacionalista. Pero no solo eso, cuando el fitoplancton muere, se hunde en aguas más profundas para deleite de los saprófitos (los comecadáveres del ecosistema), cuya respiración celular aumenta y agota el oxigeno disponible. Privados de él, los invertebrados acuáticos y peces mueren, y así se sigue con la cadena alimenticia. A medida que las actividades agrícolas que utilizan fertilizantes químicos incrementan, las zonas muertas acuáticas se expanden. Dicha es la Pasión del agua.

La Marcha es un Bosque que camina para exigir la recuperación y protección de los nacimientos de agua y de todos los caminos que cruza hasta llegar al mar. El Bosque llegó a la ciudad para inundarla de conciencia, para que se ejecuten las políticas públicas relacionadas a su uso responsable, a su cuidado y mantenimiento, y a una distribución transparente como ella misma. Pero sobre todo, para hacer justicia ante el acaparamiento y contaminación del agua por parte de grandes industrias negligentes que la utilizan a costa de la sed de comunidades y ecosistemas que fueron despojados de su derecho a disponer de agua limpia.

El agua conecta y es conexión. El agua es en sí misma cohesión. En estos días la Marcha nos ha conectado de nuevo, aunque no hayamos recorrido los admirables pasos de quienes han atravesado los kilómetros con su valentía. Esa cohesión cumple una función importante en la vida de todos: nos ha vuelto a recordar que no podemos sobrevivir estando solos. Nuestras enlaces de hidrógeno son de amor, empatía, dignidad y luz. Quiero pensar que en este día de la Tierra haremos más fotosíntesis que nunca.

 

Recuerdo un reciente artículo sobre el guardabosques alemán Peter Wohlleben, quien asegura que los árboles también son seres sociales. En un Bosque, sus habitantes cuentan, aprenden, recuerdan y se comunican entre sí. Suena extraño, pero la biología ha demostrado que los árboles incluso cuidan a sus vecinos enfermos, o que crecen de tal o cual forma para que no les falte sol, o que, más asombroso, se distribuyen el agua. Los árboles, como las abejas, como los hongos, como nosotros, son seres comunales con un lenguaje propio que los interconecta, “hablan” a través de señales en una especie de wood wide web, como la llama él. Internet nunca fue algo nuevo. Una vez más la ciencia y la literatura me hacen un regalo asombroso.

En Guatemala siempre han habido Bosques que caminan, pero desde el año pasado es asombroso ver cómo esos Bosques han crecido. La Marcha por el Agua es por la dignidad, el territorio, la vida, la justicia, la auténtica libertad, por el futuro… Somos un país de árboles. Somos Bosque. Somos Agua. Y como dice un poeta querido, que nos aguanten, pues también somos Volcán… y Fuego.

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Camino y en minutos llego a un bosque. Un bosque que cada día se aleja un poco más, como si estuviera contrayéndose para escapar de nosotros. Camino buscando olvidar la agenda y las preguntas, situar la mente allí, sacarla a pasear y quitarle la cadena, y trato de atender sólo a lo que mis sentidos puedan percibir: rayos de luz cambiándole el color a mis pasos, el humo entretejiéndose con la neblina, de pronto una ardilla, el taladro de un pájaro carpintero, a lo lejos un tecolote, aquí cerca una piedra o una flor, la escarcha morada sobre los surcos de enero, las ruinas de adobe habitada por árboles y olvido, el hongo algodonoso de un elote  que no triunfó, el olor de una casa a tamales tostados y frijol,  el sol a pinceladas haciéndole un bostezo al volcán, llenando de color las sombras; y así, los perros, los puentes de piedra, noviembre, duraznos en flor, domingo de ola, onda, luz… Y para decir gracias gracias, algún burro anunciando que ya son las siete. Y así me hago feliz con mi derecho a ser bucólico, que a nadie le cae mal un poco de romanticismo de vez en cuando. Pese a que intentar escribirlo a lo impresionista es francamente inútil y al regresar a la vida sensata uno se deprima y el romanticismo siga allí, entre cuatro paredes, frente a una pantalla, pero no sea algo tan bonito como allá afuera, de hecho sea algo malo, tal vez muy malo.

 

 

Ay

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“Ay” es una interjección estigmatizada en Guatemala. Si has nacido con gónadas externas se supone que la interjección está prohibida. Tuve un profesor que lo decía con seriedad: “Si usted dice ay, lo van a molestar” y bajaba la mano peluda para hacer el gesto marica correspondiente. Cada vez que me enfrentaba a la ecuación y exclamaba “¡ay, no me sale, profe!”, lo recalcaba. No se equivocó: decir ay es de huecos.

Tal vez por eso, desde pequeños, los muchachos son inducidos a  utilizar un vocabulario coprológico y sexual. Estos términos resultan más apropiados en tanto que parecen más varoniles, que es lo que se supone uno debe ser en un contexto en el que, todavía, había que ponerse el dorso de la mano en el pecho inflado para cantar el himno nacional.

Comprendí que hay términos con que te construyes la “hombría”, al igual que la forma de caminar, comer, modular la voz, saludar y hasta pensar. Todos mis amigos los usaban, había algo “de macho” en pronunciar mierda, puta, hueco, cerote, verga, pija. Y a esa edad todos quieren demostrar que nos “hombres”, o que lo serán.

En ese sentido, las malas palabras son conservadoras, tienen género en el sentido tradicional, por eso cuando una “mujercita” habla como brocha de autobús queda totalmente despojada de su femineidad.

Por fortuna desde muy joven me di cuenta que ser varonil era como una máscara, y puesto que nunca encontré una que me gustara lo suficiente como para encajármela, seguí diciendo ay.

Hace mucho intenté tener un blog. La indisciplina lo hizo fracasar. Lo titulé “ay julito” porque esta expresión de desconsuelo y resignación (con la de “ay mijito”) me ha acompañado desde que tengo memoria. Y ha sido surtidor de cierta fortaleza perversa, de rebeldía si se quiere, ante la manía de hacer las cosas como no corresponde.

Según su tonalidad, “ay” denotará sorpresa, dolor, susto, alegría, desconsuelo, duda, queja, crítica, placer… Todos la utilizan a menudo y muchos, como aquel profe de matemáticas, si se dieran cuenta de lo frecuente que sale de sus lenguas, no la satanizarían tanto debajo de sus prejuicios.

Irónicamente la utilizan con lo masculino:  “¡ay dios!” “¡ay hombre!”. Y es toda una mariconada ¿no?